ALGUNAS tardes, quizá a última hora, parece que la saliva se espesa, que algo se ha endurecido en el estómago o que un sentimiento triste de origen aún no identificado palpita en las sienes. Nace una incomodidad no se sabe dónde, no se sabe por qué. Hay una idea o un acontecimiento que te busca y que pide algo. Pide explicaciones. Quiere ser revisada y evaluada a cambio de un poco de paz. Hurgas, entonces, en los restos del día, como entre cristales rotos, sin saber muy bien qué vas a encontrar. Con miedo. Casi con el mismo pánico que produce el que alguien recuerde unas palabras tuyas muy viejas que ni siquiera apadrinas ya, que te parecen extrañas. Porque ocurre con frecuencia: apenas unas horas después, no te reconoces en lo hecho. Parece cosa de otro. Y terminas por pensar que, efectivamente, fue otro. Y te lo perdonas. Es la salida fácil, la socorrida, junto con la de limitarse a tachar de la memoria lo que disgusta. Como si fuera posible. Formas de forzarse. Existe otra de valientes: la de ponerse delante de uno mismo y decirse las cosas para, después, pedir perdón y enmendarse O para reírse y sacarle la lengua al tipo del espejo. Por susceptible y por tonto. Según.