YA ESTÁ liada. Ya hay material suficiente para alimentar a nuestro tradicional «periodismo de investigación» durante los próximos doce y cruciales meses de la vida política española. Los papeles que se han llevado del Watergate madrileño unos expertos bien pagados van a ser ingrediente mediático en el trémulo plato nacional. La pulcra «penetración» a las oficinas que Pedro Arriola tiene en un discreto chalé del barrio de Chamartín dotará de gruesa munición a las tropas que asoman ya por las sierras para participar en la «guerra de sucesión» y en la más seria y trascendental batalla para las elecciones generales. Mientras se acopia en la Santa Bárbara para el momento oportuno, empieza la fase del chapoteo, en donde el barro de la intoxicación salpica al que no esté atento para el quiebro. Al final, nos enteraremos con pelos y señales de lo que contienen los dos o tres ordenadores, con sus correspondientes discos duros, incluido el personal de Arriola, que le han sustraído los mandantes al asesor del presidente del PP. Ninguno contiene secretos de Estado o pone en peligro la seguridad, se han apresurado a decir portavoces gubernamentales, pero imaginamos que tampoco serán los versos del poeta preferido de Aznar. Ya hay respuesta a la pregunta que con tanta insistencia repiten siempre muchos dirigentes populares: «¿Alguien sabe lo que hace Arriola?». Arriola busca sus papeles, pero me temo que si los encuentra serán copia de copia porque se habrán clonado más que la oveja Dolly. Arriola es la memoria histórica del PP, arúspice de Aznar, hombre de influencia en el Gobierno y en el partido, asesor de los amigos del presidente y el que tiene las claves de la sucesión y hasta del sucesor. Corre ahora la adrenalina por las venas de los periodistas y se ponen cachondos los alevines de Hércules Poirot, mientras calientan motores las rotativas y se acollonan los culpables hasta aflojar los esfínteres. Estamos en los prolegómenos de los viejos tiempos del dosierazo va y dosierazo viene. En el campo de batalla quedarán cadáveres cubiertos con páginas de periódico, tras una guerra que no será la de Gila.