CON ÁNIMO de colaborar, y conociendo los desvelos de Aznar por dotar de letra el himno nacional, sugiero que, previas algunas modificaciones rítmicas de la Marcha de Granaderos, le pongamos esta tonadilla llena de salero: «¡Ay!, quien maneja mi barca, ¡ay, ay! / a la deriva me lleva, ¡ay, ay!». Porque, sobre la ventaja de ser una letra conocida y en perfecta conexión con la idiosincrasia de España, que ya podría entonarse en las recepciones y desfiles de hoy, conecta con la actualidad de un IPC desbocado y al alza. No voy a explicarles aquí hasta qué punto está desgobernada una economía que presenta una tasa de inflación interanual del 3,5 %, ni cómo repercute sobre la competitividad y el consumo una inflación acumulada del 2,5 % en lo que va de año. Todos ustedes saben que, si la inflación es el rayo, el desempleo es el trueno, y que, en las competiciones económicas no hay faltas que se queden sin tarjeta. Pero quizá convenga recordar que, como señalaba el profesor Álvarez Corbacho en un artículo reciente, la inflación repercute sobre las economías privadas y empresariales de la misma manera que una subida de impuestos provocada por una gestión ineficiente. Y por eso voy a dedicar las líneas que quedan a hacer algunas preguntas de singular relevancia. ¿No eran estos los fenómenos de la economía que le daban lecciones de crecimiento y equilibrio a toda Europa? ¿No eran estos los que hacían mangas y capirotes con los ajustes monetarios y las reconversiones industriales del felipismo ? ¿No era este Gobierno el que se ponía todas la medallas de la convergencia, mientras negaba la buena herencia de Solbes? ¿No era Aznar el que hacía subir la Bolsa como si fuese espuma, el que controlaba la inflación como si fuese una cometa, y el que desenfundaba las rebajas de intereses con más rapidez que Greenspan? ¿No era Rodrigo Rato el profeta de los crecimientos y las inflacciones logradas en tiempos de bonanza? ¿No eran estos los que hinchaban pecho en tiempos de vacas gordas, para hacerse escurridizos en tiempos de vacas flacas?. Lo malo de España es que sólo va bien cuando todo va bien y queda a la deriva cuando todo va mal, y que, en vez de limitarnos a cargar con la factura de la inoperancia del Gobierno, tenemos que soportar el fatuo discurso de las explicaciones infantiles. Aunque, si he de decirles la verdad, tampoco me extraña lo que pasa. Porque era imposible que un discurso político tan ramplón fuese compatible con una genialidad económica inaudita. Y por eso insisto en que, resignados y bien entonados, cantemos a una: «¡Ay!, quien maneja mi barca, ¡ay, ay! / a la deriva me lleva, ¡ay, ay!».