YA está bien de novedades supuestamente literarias que no valen ni para papel de fumar. La Academia sueca ha elegido a Imre Kertész y me alegro. Como sucedió con Gao Xingjian, seguro que será una maravilla descubrirlo. El autor recrea dos de los grandes disparates del siglo XX, Hitler y Stalin, tanto monta, monta tanto, el Holocausto y la dictadura roja, tortura y tortura. Él los vivió y utiliza sus recuerdos para novelar lo que padecieron millones de personas. Personas que dejaron de serlo, hombres y mujeres a los que se les negó el apetito, el deseo, la razón. Les quedó el instinto de sobrevivir, el instinto de animal maltratado, acorralado, humillarse para no desaparecer. Hacer lo que sea con tal de no dejar de respirar. Kertész es hermano de letras de Primo Levi, de Semprún, del pianista del gueto de Varsovia. Son hijos de la infamia. Tuvieron que acostumbrarse al olor a carne humana quemada, las cenizas de la barbarie. No sucedió en otro planeta. No sucedió hace mil años. Sucedió en Europa, el otro día, anteayer. Pero no aprendemos. Luego nos devoramos en los Balcanes, ahora queremos ir a matar a Irak. Está bien que el tirón de la Academia permita que leamos nuestra memoria y no a esos superventas estúpidos que no cuentan nada, patético mercado.