CUANDO se discutía la forma que se quería tuviera la bandera americana, participó en los debates un misterioso caballero estrechamente vinculado a Washington y a Franklin, descrito por Campbell en su libro Our flag como un caballero elegante y distinguido, conocido por el nombre de el Profesor , abstemio y moderado en la comida vegetariana, muy amigo de libros y manuscritos antiguos, a cuya interpretación dedicaba gran parte de su tiempo libre, cuya opinión era tenida inmediatamente en cuenta por los fundadores de la gran nación americana. A este extraño personaje se debe la adopción de la conocida, y tan venerada por sus ciudadanos, bandera americana, cuyo origen se encuentra tan íntimamente ligado a la voluntad de ser libres y desarrollar los valores republicanos de Libertad, Igualdad y Fraternidad. La actual bandera de España, roja y gualda, fue adoptada por la marina de guerra en tiempos de Carlos III por razones prácticas: su gran visibilidad a distancia. No tiene la dilatada tradición histórica de la antigua bandera castellana, castillo dorado sobre fondo rojo bermejo, representativa de ese «islote de hombres libres en la Europa feudal», como decía Sánchez Albornoz. Ni es tricolor para simbolizar los tres valores republicanos señalados, como a mi me gustaría que fuese. Pero su origen borbónico, y relativamente reciente, no debe hacernos olvidar que es la bandera constitucional. Y que en este momento representa a la gran nación española que desea «establecer la justicia, la libertad y la seguridad y promover el bien de cuantos la integran y que proclama su voluntad de garantizar la convivencia democrática... consolidar el estado de derecho..., proteger a todos los españoles, promover el progreso de la cultura y de la economía». Es lástima que el pueblo español no se vea suficientemente identificado con su bandera. Para algunos ha pasado ya el tiempo de todas las banderas. Pero otros que desprecian a la bandera española y en consecuencia a sus ideales constitucionales, se arroban hasta el delirio con la exhibición de caducas enseñas medievales, clericales o de partidos racistas y sectarios como es la llamada ikurriña, bandera del PNV. Parece que lo que falla es la voluntad, el querer ser y el amar. Ya no mueven los ideales. Ya apenas hay líderes que traten de impulsar los antiguos valores republicanos. Y en esta desmoralizada España, cuando algún líder político o social osa decir que la nación es cosa de voluntad, y que debe defenderse para con ello proteger los valores que la inspiran, suele ser tomado a chufla e insultado con la calificación de «estadista». Y así nos va.