04 oct 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

SI USTED se fija en los informativos de TVE, puestos sin complejos al servicio del PP, se dará cuenta de que José María Aznar ya no es el líder de una derecha provinciana que llegó al poder por los errores del PSOE, ni el gobernante de las vacas gordas, ni el rígido personaje que pasea engolado por los jardines de Moncloa para darle en las narices a los que jamás pudieron imaginar que iba a dar tantas palmaditas en la espalda de Tony Blair, poner los pies en la mesa de George W. Bush o traer a Silvio Berlusconi a hacer de figurón en un evento familiar. Lejos de tales minucias, que nada pueden añadir al currículo de un dirigente mundial y sideral, los cámaras de TVE sólo trabajan la imagen de un líder distante y solitario, que habla al poder de tú a tú, y que dedica todo su tiempo a pensar en España, a interpretar la nación y su historia, a hacer hermenéutica de la Constitución y a proclamarse como la única garantía de nuestra unidad de destino en lo universal frente a las añagazas que surgen en las periferias políticas, donde algunos segundones envidiosos se empeñan en romper las velas del glorioso bajel que transporta por la historia a la valiente raza hispana. Con tomas de abajo hacia arriba, para resaltar su gigantesca figura humana, y con un atril delante y un aura vaccua detrás, hace mucho tiempo que Aznar se limita a despejar de tacón los ataques que le llegan por las bandas: esto es una estupidez, aquello no tiene sentido, lo otro no voy a tolerarlo, se equivocan los que dicen otra cosa, estoy orgulloso de mi bandera, es de sentido común, España estará con sus amigos y con la civilización. Antes de responder a cualquier reto, lo traduce primero a su peculiar idioma, como hizo con la Pastoral de los obispos y con la propuesta de Ibarretxe. Y, después de recalcar que siempre se siente mejor con las víctimas que con los asesinos, también deja claro que o se está con él y con Bush, o contra él y contra Bush. Con las gafas en la mano, la mirada perdida en el infinito, el gesto firme y la voz enfatizando lo obvio, es evidente que este líder dejó de pertenecer a su partido y a las Cortes, para ingresar ese Olimpo exclusivo al que sólo acceden los providenciales hombres que han vislumbrado una ciudad intermedia entre Dios y los hombres. ¿Y eso es peligroso? Pues, depende. Si se hace en Nürenberg, y se adorna la noche con miles de antorchas y grandes desfiles, sí. Pero si se hace en Quintanilla de Onésimo, pensando en Perejil e izando la bandera en el mástil de Colón, no pasa de ser un esperpento nacional. Por eso hay que estar vigilantes. No vaya a ser que al amigo Bush le empiecen a gustar los desfiles y acabemos liándola.