BENIGNO PRADO
29 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.EL gato, la rata y el halcón. De vez en cuando algún congénere de ésta, portadora de una enfermedad letal, revienta en medio de la casa del gato y mata con él a un grupo de gatos como un David mudado en Sansón.
El gato, por su parte, se hincha a comer ratas en una desratización cotidiana a cañonazos, bueno, a misilazos.
El halcón amigo lo reconviene si se pasa un poco, pero siempre está presto a sobrevolar el nido de ratas y dejar caer su haz de flechas, sujeto a una de las garras imperiales.
No se trata, en modo alguno, de un acertijo.
¿Quién tardaría más de unos segundos en identificar al gato adiposo, bañado en su sudor, enroscado en el muelle cojín tecnológico, donde su gatidad casi no cabe?
¿Y a la rata de pelos ralos royendo el sebo de los cabos de vela en su sórdido agujero?
¿O al halcón con piel de aguila heráldica,