MI AMIGA Marta, ourensana afincada en Zürich, me cuenta que el padre de Karsten, retirado cerca de Laussane, se ha comprado un telescopio y descifra cada noche las estrellas. Esta decisión, en un hombre tan pragmático, nos parece turbadora. Nos reímos. Pasarse la vida trabajando en un banco para llegar a los sesenta y dedicarse exclusivamente a las estrellas. Pero acaso, ¿no es eso lo que deseamos todos en cierto modo? El padre de Karsten fotografía nebulosas, agujeros negros y planetas extinguidos, desde su azotea. Ha talado ya dos árboles del jardín. Necesita espacio y respirar. Imagino que cada día sus sueños son más reposados o quizás más tormentosos. Tendemos a parecernos a aquello que contemplamos, por eso algunos matrimonios bien avenidos se parecen, por eso algunos dueños terminan asemejándose con el tiempo a sus perros de lanas o a sus gatos. Y Wolfang ya no piensa más que en las estrellas. Me cuenta Marta que la última preocupación de Wolfang es el manuscrito Voynich. ¿Qué es el Voynich? Pasen y vean. Toda su historia parece envuelta en enigma perfumado, en misterio cósmico. El manuscrito Voynich se conserva en la Librería Beinecke, de la Universidad de Yale. Consta de 235 páginas, y fue donado en 1969 por H.P Kraus. En 1912 había sido adquirido por Wilfrid M. Voynich a un colegio de Villa Mondragone, cerca de Roma. Su autor es desconocido (aunque algunos lo atribuyen a Roger Bacon, pensador del siglo XIII). Está escrito en un lenguaje desconocido, con unos caracteres desconocidos, y hasta la fecha nadie ha logrado descifrarlo. Pero lo más importante del Voynich es que millones de personas creen ver en él la historia del mundo, la solución a todos los misterios, la conformación de la esfera celeste escrita con la lengua misma de Dios, lo más importante es la adoración que ha suscitado y que suscita. En Internet florecen grupos de discusión sobre el posible significado del corpus. ¿Se trata de una antiguo manual de alquimia o es tan sólo un engañabobos o una estafa? Uno se diría dentro de un cuento de Borges, dentro de aquella biblioteca de Babel, fascinante y asesina. Ceno con Marta, con Karsten y con Konç. Zürich se abre como una alfombra peinada por tranvías nocturnos. En Suiza -me cuentan- se ha inaugurado, hace unos meses, el llamado turismo de la muerte. Los turistas de la muerte llegan de toda Europa, con sus depresiones, sus dolores terminales, con sus simples cuitas. Una empresa samaritana los aloja, les facilita el brebaje mortal y los acompaña en sus últimos momentos. La única condición es que la ingestión del veneno sea voluntaria. Otro cuento de Huxley o bien de Orwell. Y ese misterio siempre construido sobre los umbrales, sobre cómo traspasar esos umbrales, sobre cómo golpear los quicios de las puertas. Mientras Wolfang contempla Orión o la lluvia de estrellas fugaces de septiembre, a uno le da por pensar que el ser humano vive clavado, gustosamente clavado, en el misterio.