EL CÓDIGO ÉTICO del Partido Popular funciona por parroquias. No tiene la misma vigencia en O Vicedo, Sada o Ponteareas, por ejemplo, que en Madrid. Los populares madrileños, echando mano del pudor, se han visto obligados a aplicarlo, aunque con reparos. Y así el PP ha obligado a dos concejales y un consejero a que abandonen sus cargos de gestión y acepten la suspensión temporal de militancia por su implicación en el conocido caso funeraria . Aunque lo indicado hubiera sido que se fuesen para casa. Los coristas de los conservadores no pierden el tiempo y se han lanzado a explicarnos las excelencias éticas del partido. Pero lo que nadie alcanza a aclararnos es por qué no se actúa con la misma coherencia en Galicia. Se ve que en esta materia no nos han llegado aún las transferencias. Un portal digital gallego mantiene una sección, que bajo el título de cacicadas , recoge más de un centenar de estas operaciones, protagonizadas por cargos públicos de este nuestro país. Los periódicos impresos nos vienen dando cuenta de pelotazos, negocios inconfesables, falsedades documentales, oposiciones irregulares, contratación de familiares, corrupciones urbanísticas, obras clandestinas, imputaciones por delitos y negocios de cargos públicos con empresas privadas a través de los organismos que gestionan. Y a nadie se le ha ocurrido aplicar ese código deontológico del que el PP está tan orgulloso, aunque sea, como en Madrid, con reparos. Recurren al peregrino argumento de aguardar a la primera sentencia condenatoria. Y así hemos tenido que soportar que alcaldes que se habían pulido decenas de millones en lujos personales, se mantuvieran en sus cargos. La explicación a este desigual trato la tenía Álvaro Cunqueiro, hace ya años. Acostumbraba a decir que somos un pueblo oscuro y apartado. Sobre todo oscuro.