Sicarios

|FRANCISCO RÍOS|

OPINIÓN

«TANTO desesperó Valerón a los rivales, que en la segunda parte le asignaron un sicario dispuesto a liquidarlo -dice una crónica-. El boliviano Peña lo cazó a la primera ocasión y lo mandó al vestuario». Los sicarios vuelven estos días a las páginas de los periódicos, aunque, afortunadamente, con un uso más bien figurado. Sicario (asesino asalariado) procede del latín sicarius, derivado a su vez de sica (puñal). Los últimos que tuvieron una notable presencia periodística en el mundo de habla hispana fueron, además de Miguel Boyer, a quien Ruiz Mateos llamaba «sicario del Gobierno», los de los carteles colombianos de la droga, algunos con un importante componente suicida. Del prototipo de éstos dice Fernando Vallejo en La virgen de los sicarios que es « un muchachito, a veces un niño, que mata por encargo». El retrato lo completa un editorial del diario El Tiempo publicado en 1990: «El sicario no es un fanático religioso o un patriota desmesurado que se autoinmola (sic) por una causa superior. Es un desadaptado enloquecido, que convierte en mercancía su propia vida para dejarles a quienes en su familia lo sobreviven un puñado de pesos y, desde luego, una imborrable vergüenza». A finales de los noventa todavía vendrían a España algunos de la siguiente hornada, con encargos que ejecutar. Los sicarios que ahora nos visitan -el último de ellos, el de Riazor, según las crónicas- enlazan más con pillos, listos y sayones de nuestra tradición literaria que con los esbirros de ultramar. hablar.bien@lavoz.es