Del doctor, el consejo

| EDUARDO CHAMORRO |

OPINIÓN

25 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EN REALIDAD, es Sadam Husein quien menos quebraderos de cabeza crea, salvo los de ser el dictador que Bush padre dejó en su sitio para que Bush hijo desplegara una penitencia terca, algo atolondrada y no muy convincente. Fuera de Husein y de su grandilocuente ego para el que sería bueno un San Martín adecuado, el resto es un trío de tenores dispuestos a sodomizar al sospechoso, como es normal en personas sometidas a demasiadas presiones y abandonadas a solas con la angustia. El poder aísla y deja solos a los poderosos, dicen quienes se supone que saben lo que el poder es; ahora bien, todos sabemos de los placeres solitarios, o, por lo menos, estamos en la capacidad para imaginarlos. De lo que no sabemos tanto es de la angustia que puede apoderarse de la reducida mansión en la que el poder se lame las heridas. El presidente Bush no sabe por dónde le puede venir un siguiente mazazo del terror. En esa ignorancia del giro de los vientos es normal que los dedos se le vuelvan huéspedes en la búsqueda de un modo de ser el Señor de las Tormentas . Lo malo es que se trata de una pretensión tan angustiosa como para colocarle en la plenitud de una política de prepotencia, y en la decisión de saltarse aquella tradición de no ser el primero en dar el golpe que América elaboró y puso en práctica cuando poseía el armamento nuclear del que carecía la Unión Soviética. Irak puede tener cualquier cosa, pero no está en condiciones de ponerla a volar y soltarla donde Husein quiera, ni -mucho menos- de soportar la represalia. Una cosa es la capacidad de hacer y otra, la de atenerse a lo hecho. Ariel Sharon tampoco anda escaso de la angustia normal en quien conduce una línea política rayana en el delito y trazada asentándose donde no debía. Ahora tiene al terrorista en casa y, como Bush, sabe que no sabe. Puede seguir derribando las residencias de quienes nunca tuvieron residencia fija, y seguirá matando a quienes están dispuestos a morir matando y a jalear los cadáveres de quienes así buscan un sentido no de la vida sino de la muerte. Pero, aparte de eso, no sabe nada, pues lo poco que sabe -la cuenta de sus bajas y el domicilio de Arafat- no es más que el emblema de su trágica ignorancia. En cuanto a Arafat, a fuerza de practicar una política de dejación ha conseguido hacer del poder una estampa del patetismo. Ahí está el hombre, a la luz que permita la reiterada foto de un líder postrado, «sin ningún propósito o posición real -son palabras de Edward Said-, intentando sobrevivir a toda costa, independientemente de que traicione o no traicione, de que diga o no tonterías, de que lo que haga tenga o no sentido». ¿Con quien habla por su teléfono umbilical? ¿Qué dicen esos papeles de los que siempre levanta una mirada estupefacta en busca del ocasional fotógrafo? ¿Quién le guarda la metralleta cuando echa una cabezada? ¿Cuáles son sus cuentas por echar? ¿Le compraría alguien un coche de segunda mano a uno de estos tres sujetos, dadas sus personales y no tan distintas circunstancias? Son los tres gente indudablemente culta, técnicamente preparada y de altas miras pero, ¿no sería de rigor entrevistar a sus médicos de cabecera?