EN LOS ÚLTIMOS días está saliendo a la luz una parte oculta de la más tenebrosa geografía gallega: el feísmo del alma . La semana pasada era el juicio sobre un caso ocurrido en Ribeira de suplantación de maternidad en que una madre pretendía cubrir la violencia sexual presuntamente ejercida por su esposo contra su hija, haciendo pasar el fruto de esa relación como propio. Hoy nos horrorizamos ante un crimen ocurrido en la comarca ferrolana en que una joven madre ha sido asesinada para suplantar su identidad y apoderarse de su bebé. ¿Qué está pasando? ¿Estamos ante una escalada del horror, o siempre ha sido así? En todas las sociedades existe una parte de la población de tarados y canallas entre sus miembros. Los espiritualistas piensan que existen muchas almas atrasadas en su evolución y que se encuentran atrapadas, embrutecidas por un medio vertiginoso que no ayuda a encontrar el sentido a la vida. Sus acciones a veces quedan enmascaradas por la hipocresía social, el atraso, el miedo, el poder coercitivo de la familia o las fuerzas de orden público. Pero otras veces salen a la luz. Se lucha socialmente contra ellas de modo preventivo con la educación, la promoción de la riqueza y la libertad, la medicina o la psiquiatría. Pero aquí parece que pasan los regímenes políticos por la epidermis de la sociedad sin mojar la tierra profunda. Al cabo, en cuanto se rasca un poquito el terruño, hallamos la perenne España negra de Jarrapellejos o Pascual Duarte. El viejo Sábato nos suele advertir que el hombre es la dialéctica entre el día y la noche. Pero algo falla cuando las tinieblas invaden violentamente el tiempo del día. La responsabilidad principal del delito es del reo, pero esta barbarie cuestiona también el funcionamiento de las instituciones, dedicadas algunas de ellas, como ciertos medios de comunicación, a promover la degradación y el embrutecimiento personales en un mundo en el que al parecer ya no hay sitio para la compasión y la piedad.