Tres modelos de periodismo

| ANTONIO GONZÁLEZ |

OPINIÓN

21 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EN CIERTA ocasión le preguntaron al gran periodista italiano Indro Montanelli sobre qué importancia le concedía a su larga y fecunda trayectoria profesional. Su respuesta fue un extraordinario compendio de sabiduría y un hermoso ejemplo de humildad: «Yo no sé si mi trabajo sirve para algo. Sin embargo, si no hiciera ese trabajo, el que no serviría para nada sería yo». Esta cita sirve de pretexto para enhebrar unas reflexiones sobre la responsabilidad de quienes tienen el oficio de informar o de crear estados de opinión ponderados en una sociedad invadida -incluso amenazada- por una avalancha de reclamos informativos de solvencia más o menos contrastada. El reverso del sereno talante de Montanelli son las explosivas declaraciones, en El País , de Serge Halimi, un periodista de Le Monde diplomatique , a propósito de un corrosivo y, por cierto, exitoso libro, titulado Los nuevos perros guardianes (Periodistas y poder) , en el que, como vulgarmente se dice, pone a caer de un burro a la elite del periodismo francés. Halimi considera que «la información es demasiado importante para dejarla en manos de los periodistas» y acusa a la profesión periodística en general, salvo escasas excepciones, de corrupta, plagiaria y mercenaria. Sin embargo, aclara que no ha escrito este libro para desacreditar a la profesión (sic), «sino para los que ejercen su oficio con dignidad». Una tercera referencia tiene por protagonista a Abraham M. Rosenthal, que fue durante veinte años director de The New York Times . El veterano periodista, testigo en primera fila de los grandes acontecimientos del pasado siglo, decía que a lo largo de su carrera había aprendido «un par de cosas... lo cual no está mal cuando uno hace balance». Y añadía: «Una de ellas es llegar a la convicción de que si la libertad es verdaderamente tan importante para mí, también lo es para los demás... Se me revuelven las tripas cuando me encuentro con norteamericanos que viven bajo la dulce bendición de la libertad y que deciden que la tiranía es lo más adecuado para otros». (Una reflexión marginal. Gran parte de los actuales peligros del mundo han sido engendrados o tolerados por los Estados Unidos en su política de buscar aliados dóciles y para blindar su dulce bendición de libertad , ayudando a los tiranos de otros países. Sin embargo, a partir del 11 de septiembre del 2001, esa estrategia se ha derrumbado como las Torres Gemelas. Estados Unidos ha sufrido en su epicentro las consecuencias del terrorismo que, en cierto modo, intentó utilizar para neutralizar a sus enemigos.) Estas tres maneras de entender el oficio del periodista forman parte del mismo cuadro. Dos de ellas -Montanelli y Rosenthal- son el fruto de extraordinarias experiencias profesionales y significan la parte modélica y luminosa del oficio. La versión ácida y posiblemente rencorosa del periodista francés Halimi es la parte oscura del mismo cuadro, aquélla en la que la información es sinónimo de manipulación y aunque la furibunda denuncia del libro Los nuevos perros guardianes -el título lo dice todo- no pretende, en absoluto, ser ejemplarizante, sino destructora de mitos, en el fondo, el autor pone el dedo en la llaga para avisar, de manera grosera pero, sin duda, efectiva, de que en el oficio de periodista no vale todo. Quienes administran la libertad de expresión tienen -tenemos- la obligación moral y formal de ser consecuentes con nuestras responsabilidades para que la sociedad valore a la profesión periodística no sólo por el buen oficio y el talento descriptivo, sino y sobre todo, por la calidad personal que también se deja ver en las páginas impresas. Si Montanelli, Rosenthal y otros muchos han sido y son admirados y respetados por sus lectores es porque, en primer lugar, han entendido que ser periodista es un oficio que se aprende cada día, empezando desde cero y que en absoluto es trascendente. Cuando los lectores perciben que su diario de cada mañana es el producto de muchos esfuerzos colectivos, la mayoría de ellos anónimos, el periodismo adquiere su verdadero valor como servicio de interés público y se hace respetable y creíble, que es, sin duda alguna, la fórmula del éxito.