Del rosa al amarillo

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

21 sep 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EL COLOR está asociado a la luz, a la sensibilidad personal y a la percepción cultural de una sociedad. Parece que los habitantes de la orilla atlántica somos menos coloristas que los de las tierras más luminosas. Por eso los artistas impresionistas se iban a trabajar al Midi, y Stendhal dio su nombre a un síndrome estético que aquejaba especialmente a germanos y británicos. Quién puede evitar sentirse subyugado por los colores de los pueblos del Caribe o por la belleza cromática de películas como la excelente La boda del monzón , estrenada recientemente. El enorme magnetismo de la obra de Sol LeWitt, con la que la Fundación Barrié de la Maza acaba de apuntarse un gran éxito, ha de atribuirse en buena medida a su uso de los colores puros. En Galicia, donde por la luz y el clima la gama cromática está naturalmente más limitada, los habitantes de la ribera siempre fueron muy amigos de poner color en sus vidas, pintando sus casas con las mismas pinturas que utilizaban en los barcos. En los sesenta, con el desarrollismo, llegó el gresite y el alicatado de las paredes exteriores, que nos dejaron un amplio muestrario de un estilo naïf autóctono que no deja de tener interés. Hace meses, un antropólogo francés que acababa de visitar Corrubedo, fascinado por el repertorio de azulejos, aventuraba que este fenómeno podría ser una reacción de defensa y respuesta de los moradores de esas casas frente a la dureza del mar que azota la costa. Últimamente han empezado a proliferar en las ciudades y sus entornos otro tipo de aplicaciones del color. Me refiero a la costumbre de pintar las casas de amarillo huevo o rosa salmón. Las distintas tonalidades de los alberos y sienas son propias de la arquitectura mediterránea, pero resultan ciertamente extrañas entre nosotros. ¿Cómo han llegado hasta aquí? Sospecho que a través de esas revistas de papel couché profusamente ilustradas con fotografías de las villas provenzales que han hecho la fortuna de los decoradores de chalés. No se puede -ni se debe- legislarlo todo, y tampoco debemos ponernos exquisitos en cuestiones de uniformidad; sería fastidioso un país construido según parámetros fijos, como se hizo en la costa occidental de Francia con la reconstrucción de algunas de las poblaciones devastadas durante la Segunda Guerra Mundial. Además, cada uno puede pintar su casa como quiera, excepto en zonas protegidas, pero no creo que esa tendencia uniforme del rosa al amarillo aporte a nuestro paisaje variedad ni pintoresquismo, ni demuestre la creatividad individual. Algo parecido sucedió antes con las cubiertas de pizarra combinadas con granito rosa Porriño de los chalés de las Rías Baixas y, en las ciudades, con los portales de hierro forjado con aplicaciones de bronce dorado. Parece que ahora le toca a esta nueva moda que se expande de la ciudad al campo cual epidemia.