AL AÑO de la masacre del 11-S, el chaparrón de pompas fúnebres de pasado anuncia gota nada fría de pompas fúnebres de futuro. El talión bíblico y el rencor sin olvido catalizan trapisondas patrias y calientan motores para nueva cruzada a mayor gloria de los sacrosantos dividendos. Maniqueísmo a la brava que pregunta, casi amenaza, ¿de qué lado está usted? y se le responde que la realidad no es línea, sino poliedro. La Operación Leña Infinita al otro lado de la línea quiere hacer ignorar que el poliedro está plagado de caras irregulares que piden justicia. El llenazo informativo nos prepara para otra vaquerada. Vistas las Torres y su horror no menos de tres mil veces, esperemos que los chicos de la prensa occidental crítica y libre nos den al menos un moviolazo de los mil disparates de la Injusticia Infinita que tiene en Estados Unidos su apoyo o consentidor principal. Lo mejor para que no haya Bin Laden es que tenga justicia, aunque sea finita, el prójimo al que le ha tocado joderse ¡sin perdón! entre Bin Laden, la yihad , Hamas, etcétera, por un lado, y Begin, Ariel Sharon, etcétera, por el otro, desayunándose todas las mañanas con la metralla física que mata y con la metralla mental que anima a matar. Ese llenazo informativo deriva a indigestión de retórica a costa de los héroes del 11-S y de su sacrificio por la patria; retórica que es prevaricación lingüística pura y dura porque los pone en título y contexto falsos, pero precisos para excitar ánimos y adhesiones en la vaquerada que se nos viene encima: un héroe que ha dado su vida por la patria exige y autoriza todo cuanto sea para vengar su muerte y honrar su memoria. Pero el 11-S es especialmente odioso por haber producido víctimas, no héroes. Unos dementes -¡esos sí que se creían héroes!- masacraron a miles de gentes normales y de a pie que contaban con tener un día más de una vida normal y tuvieron el último, sin la menor intención de ser héroes de nada en ninguna gesta, en ningún sacrificio por ninguna patria, pero los hicieron simplemente víctimas que no dieron su vida, sino que se la robaron en una canallada. Aquellos miles de prójimos gloriosamente vulgares y normales hoy hubieran entendido la humanísima y ácida Dooleysprudencia de Joyce, del hombre que rechaza toda forma de violencia y conflicto por tales o cuales altisonancias de credo o carnet, del hombre que « bastante trabajo tiene con hacer navegar su barca por el río de su vida» . Por supuesto que, producida la canallada, muchas de esas víctimas y otros ciudadanos tuvieron que ser héroes y quisieron serlo en su deber y en su generosidad espléndida, enfrentándose al riesgo e incluso dando sus vidas o sufriendo daños por salvar y ayudar a sus prójimos. Pero andarse con pompas de patrias, gestas y héroes para las que son solamente y nada menos que víctimas pasa de floritura retórica y resulta trampa para encirrar ánimos de venganza, autorizarse la violencia y sostenella y no enmendalla .