EL SECRETARIO general del Partido Socialista de Euskadi (PSE-PSOE), Patxi López, le ha pedido al lendakari, Juan José Ibarretxe, que convoque urgentemente a todos los partidos políticos vascos para analizar la situación del País Vasco. Aunque no podemos ser muy optimistas sobre la efectividad de la posible reunión, bienvenida sea tal iniciativa si ello significa que alguien adopta propuestas de diálogo en un momento de máxima tensión política entre nacionalistas y no nacionalistas, entre el Gobierno de Vitoria y el Gobierno del Estado. Hace pocas semanas, desde éstas mismas páginas, me permitía llamar la atención acerca de las probables consecuencias no deseadas del proceso de ilegalización de Batasuna, al alertar sobre un posible efecto bumerán que nos arrastrase a todos, fracturando, más si cabe, los vínculos políticos entre el conjunto de las fuerzas políticas democráticas adentrándonos en un terreno muy peligroso y desconocido. Las luces rojas de seguridad vienen emitiendo destellos desde hace tiempo, pero parece que nadie se da por enterado. Fíjense en qué situación nos encontramos; ETA ha sufrido un duro y eficaz golpe policial con la detención de los responsables de decenas de asesinatos, y, sin embargo, el incendio ha estallado entre las fuerzas políticas pasando a un segundo plano la actuación de las policías española y francesa. ETA está muy limitada en su capacidad de matar, Batasuna encuentra menos apoyos de los que esperaba para oponerse a su ilegalización, pero la percepción que tienen amplios sectores de la opinión pública es que la situación política en Euskadi está más deteriorada que nunca. La sensación de fractura entre Euskadi y el resto de España se acrecienta sin que nadie haga nada por evitarlo. Asistimos a la radicalización de las posturas entre las dos trincheras abiertas ante nosotros y parece que el que haga o diga el disparate mayor goza de más apoyo y prestigio entre los medios de comunicación de cualquier orientación. Y así no podemos seguir. Ya no se trata de indagar y repartir culpas o buscar al primer responsable en origen. Cuando se sufre una escalada de tal magnitud en una crisis política, poco importa averiguar quién tiene más responsabilidad o quién empezó primero. Nuestros siglos XIX y XX están plagados de procesos de confrontación civil que han determinado nuestra incapacidad para consolidar Estados democráticos y para alcanzar soluciones eficaces frente a un cúmulo de problemas políticos. Desde 1975, con el inicio de la transición democrática, nos hemos lamentado en multitud de ocasiones sobre la ceguera política que determinó nuestros fracasos colectivos. Pues bien, parece que estamos dispuestos a repetir nuestra historia.