LOS BUITRES del Parque de Monfragüe son impresionantes, altivos majestuosos... Un sol debelador hiere las peñas y jarascos. Cuatro encinas desparramadas, tres olivos y una fila de alcornoques, depilados de medio cuerpo para abajo, como ovejas trasquiladas, son la única nota de vida en un paisaje duro y desolador. Los buitres vuelan, carroña adentro, sobre tanta desolación. No sobrevuelan lagos naturales, sino pantanos artificiales. Todo semeja una mentira. Tampoco son verdad los despojos de que se alimentan, fabricados y bien servidos por los cuidadores del Parque. Medio potrillo aquí, media ración de residuos de matadero industrial allí. Pero esto poco importa. Los buitres progresan, con su cuello pelado y sus alas de bordes dentados como aleteantes navajas de Albacete. Y, paradójicamente, se elevan y nos observan displicentes, perdidos nosotros entre los alcornocales, que es lo nuestro. Planean sobre todos y sobre todo. Siempre ganan, bien protegidos, no vayan a caer en peligro de extinción.