TODAS LAS substancias del universo están formadas por átomos que contienen un núcleo de materia pequeño y extraordinariamente denso. Cuando se rompen los núcleos de algunos átomos grandes para formar dos medianos -lo que se llama fisión nuclear- se libera energía, al mismo tiempo que se desprenden radiaciones en forma de ondas electromagnéticas de muy alta energía (rayos gamma) o de partículas. Es una de las manifestaciones de lo que llamamos radiactividad. Las partículas emitidas pueden a su vez chocar contra otros núcleos y romperlos, con lo que puede tener lugar una reacción en cadena. Algunos núcleos atómicos son inestables y relativamente fáciles de romper. En ese caso, iniciar una reacción nuclear no es difícil, pues siempre hay partículas con la energía suficiente para comenzar la reacción en cadena. Así le sucede a algunos tipos de átomos de uranio o plutonio. Estas son las substancias que se utilizan en los reactores de las centrales nucleares. El corazón de esos reactores contiene barras de uno de esos materiales sumergidas en otro material que actúa de moderador y que capta la energía desprendida en forma de calor de forma que puede después convertirse en energía eléctrica mediante una turbina. Es muy importante que las radiaciones que se desprenden en el reactor nuclear no salgan al exterior, pues causan daños a los seres vivos. Por ello se extreman las medidas de seguridad. El hecho de que el combustible nuclear no se agote mientras se utiliza en la central plantea también el problema de cómo almacenar los residuos que aún son radiactivos.