NO TUVE el gusto, placer o enriquecimiento de conocer a Ramón Sampedro, pero sí a sus personas más allegadas, y su trato me confirmó el cariño y la solidaridad que me unían a él, a su lucha por una muerte digna. Ahora, su heredera defiende ante el Comité de Derechos Humanos las razones que tenía mi querido tetrapléjico para concluir su desgracia. En esto soy beligerante y con hechos lo demuestro. Hace unos veinte años me adherí a la sección francesa de la Asociación por el Derecho de Morir Dignamente (ADMD) y desde entonces pago las cotizaciones anuales. Llevo siempre en el bolsillo el carné de la asociación, por si me estrello en coche o caigo de la moto, el médico que me recoja sepa a qué atenerse. No es que me vaya a poner inmediatamente una inyección letal, pues tal vez el que me socorra piense que los galenos están ligados por el juramento de Hipócatres y crea que su principal labor es ayudar a vivir. No; es por si comparte mi opinión de que peor que la muerte es quedar inválido, tetra o parapléjico hasta el fin de mis días, y me deje morir tranquilo sin recurrir al encarnizamiento terapéutico. Antes de perder las elecciones, el ministro francés de Salud Pública, Bernard Kouchner, dio un paso más hacia la libertad de morir dignamente. Ante ciento cincuenta personalidades científicas, filosóficas y religiosas, el ministro indicó, en un congreso dedicado al Fin de la vida , que después de haber adoptado una ley sobre cuidados paliativos, Francia tendrá en cuenta «a las personas en proceso de reanimación y que ya no pueden manifestar su voluntad, así como las que expresan el deseo de elegir su muerte con dignidad». No hace mucho se me ocurrió que podía echar mano a mis ideas. Cierto día de abril del 2000 caí fulminado por una hemorragia cerebral. Tuve el lado izquierdo paralizado durante un par de meses. Poco a poco me fui reponiendo y puedo decir que al año había recuperado mis facultades, si es que alguna tuve algún día: lo que llaman un milagro. Me di cuenta de lo que me había pasado, de lo cerca que estuve, no de la muerte, sino de una situación peor, como la de Ramón Sampedro, y todavía me deprimí más. Le pregunté a mi mujer y a mis hijos si me habrían liquidado en caso de habérselo pedido. Ni Felisa, ni Manu, ni Antoine lo hubieran hecho. Los disculpé, pensando en que tal vez su actitud hubiera sido distinta de no saberme fuera de peligro, y que en caso desesperado prevalecería la sensatez y una buena concepción de los sentimientos. Hace años también se me presentó a mí la ocasión de poner a prueba mis convicciones. Una amiga, escritora conocida, adherente como yo de la Asociación, me imploró que obtuviese las recetas de los cócteles mortales. Me negué. Para tranquilizar mi conciencia aduje que lo que tenía eran males de amores y problemas de escritura, ambas dolencias gravísimas, pero que siempre acaban sanando. Así fue: mejoró con un pintor alemán, se restableció plenamente publicando un libro titulado Gaston Lucas, serrurier ... y hasta la próxima, pero que no cuente conmigo. Porque, la verdad, es que para eso no sirvo. Tengo en la mente el caso de un miembro de la asociación inglesa, al que solicitaron para que finiquitara urgentemente a una anciana. Se fue armado con una bolsa de plástico. Cuando llegó, ya la señora había encontrado cierto interés por la vida o no le gustaba el método que le iban a aplicar, y se negó en redondo. El otro, erre que erre, que lo habían llamado para eso, que la solución por asfixia era la más limpia y barata, que habría de cumplir con su deber y se enredaron en una batalla mortal.