Si cuento ahora que una roca afilada me hizo un bonito agujero en la pierna derecha por enredar con un bote mal amarrado, y que llevo dos semanas y media intentando curarme, pensarán que soy un traste. Pero necesito decirlo para que consigan imaginar la ansiedad con la que pregunté ayer a quien me hace la cura diaria: «¿Cuánto tiempo calcula que tardará en cerrarse este boquete?». Contestó con enorme seguridad, sin mirarme: «Ay, aún le falta, porque tiene que recuperar mucho tejido». Me reí, claro, porque ya sabía yo que aún le faltaba, y lo que quería conocer, precisamente, era cuánto. Después de algunos forcejeos verbales merecí un semipronóstico: «Por lo menos otra semana le queda». Tenía buenas razones para hablar con prudencia. Pero no siempre se entiende, desde fuera, el afán del gallego por afinar sus respuestas con repreguntas y por evitar lo contundente. A menudo se interpreta como un modo de sortear el compromiso que una respuesta concreta necesariamente produce. Y no. Ocurre que la verdad es rica y, a veces, compleja. Y que, cuando se la ama, el matiz se torna imprescindible: lo es todo. En serio.