UNA DE LAS BUENAS costumbres que se van imponiendo en nuestras vacaciones de verano es la de aprovechar el tiempo de ocio para homenajear a quienes de verdad se lo merecen: maestros, amigos, compañeros, familiares... Durante este mes he tenido noticia de varios de estos encuentros, fruto de una iniciativa individual o colectiva, sin necesidad de arrope oficial. Se trata, en general, de manifestaciones restringidas y ajenas a los medios de comunicación en las que prima el sincero afecto de los que se reúnen hacia los homenajeados. He tenido ocasión de asistir a dos de ellas. Una, convocada por el gran modisto Roberto Verino en su bodega do Gargalo, en la ladera del castillo de Monterrei, y otra por iniciativa del ilustre madrigallego Elías Rodriguez, en su Trabada luguesa natal. En la primera se rendía tributo de amistad a unos gallegos que comparten la buena costumbre de permanecer fieles a su tierra aunque trabajen fuera de ella. En la segunda, el homenajeado era el maestro Celso Currás, padre del actual conselleiro de Educación y hombre providencial en una Trabada que, gracias a su esfuerzo, fue abandonando los arrabales de la Historia para empezar a vivir dentro de ella. Ambas un excelente ejemplo a seguir.