Torre sin fin

PABLO G. MARIÑAS

OPINIÓN

SE HABLA estos días de un proyecto para construir una torre metálica de, al parecer, unos cincuenta kilómetros de altura, sustentada por no sé qué mágicos artificios y servida de ascensor, desde cuya azotea podremos disfrutar de la contemplación del espacio y sus estrellas como quien dice a tiro de piedra. La idea es excelente, aunque a los de letras nos cueste creer en su posibilidad. Sin embargo, el progreso es el progreso. Hace ahora 130 años se inauguró en Madrid el que entonces llamaron ferro-carril movido por caballerías , que el vulgo bautizaría en seguida llanamente como tranvía de mulas . Unía el barrio de Salamanca y más tarde Argüelles con la Puerta del Sol y estaba gestionado por Ashers Morris et Cía., de Londres. Aquello fue todo un acontecimiento. Las autoridades e importantes hombres del comercio -bien comidos en Lhardy, por cierto, según rezan los periódicos- resaltaron el evento por el progreso que implicaba y también porque en su decir demostraba que «el capital inglés tiene confianza en la consolidación de la tranquilidad de España». Por lo visto, el tranvía recaudó el primer día más de tres mil reales, a pesar de «la multitud de personas que no abonaron el importe del viaje». Pocos años más tarde, en 1898, y a pesar de que Cuba disturbaba la referida tranquilidad, nuestra burguesía sustituyó los tranvías de mulas por tranvías eléctricos, como ya se había hecho en Bélgica e Italia. Y, mientras se especulaba, que esta era entonces la dedicación preferida de nuestros gobernantes, si al nuevo invento habría de denominársele el tranvía o la tranvía , don José de Echegaray, epatado por el reemplazo de los motores de sangre por los motores eléctricos, escribía en El Liberal que la electricidad todo lo invadía, desde los trabajos industriales más sutiles, esos -decía- que «parecen exigir dedos finísimos de hada, hasta los más formidables, que habría que encomendar a los músculos poderosos de los titanes». Si don José levantase la cabeza, no sé lo que diría ante nuestra torre. Probablemente se le mudarían las palabras, porque una cosa es subir desde Sol hasta Argüelles o Lagasca y otra, bien distinta, lo que ahora se intenta, que sí parece cosa de hadas. O de titanes.