LA CAMPAÑA de intoxicación de los medios de comunicación orquestada por el gobierno norteamericano contra Iraq ha comenzado. Y es que la necesidad de justificar un posible ataque a Irak requiere una campaña de preparación como cuando se despeja un campo de malas hierbas para ararlo, abonarlo y después lanzar semilla buena. Sólo que, en este caso, en lugar de semilla se lanzarán bombas y en lugar de regar para que crezca el cultivo se arrasará para eliminar a un supuesto enemigo. Bush se ha precipitado en declarar la guerra a Saddam influido por circunstancias adversas tanto en la política interior como exterior de su país, y no puede retractarse sin perder popularidad. Los norteamericanos viven una situación de estancamiento económico en la que los escándalos financieros seguidos por la quiebra de empresas importantes han hecho tambalear la Bolsa de Nueva York. Estratégicamente hablando, Bush necesita una distracción exterior que le permita ganar tiempo. ¿Qué mejor que utilizar de nuevo a Saddam Hussein? Durante más de una década, norteamericanos e iraquíes han jugado al gato y al ratón con frenética intensidad a un punto muerto en el que nadie puede avanzar sin tomar una medida drástica como la que Bush se ha visto obligado a anunciar. Sin embargo, esta vez se ha equivocado en la conveniencia temporal de su iniciativa. No sólo no tiene el apoyo de la Comunidad Internacional sino que los países árabes muestran su total rechazo a semejante idea. Y es que acabar con Saddam no solucionará el problema del control sobre Irak. No existe ningún líder alternativo democrático aceptable para todos los partidos políticos y étnicos del país, que son muchos. Más derramamiento de sangre sólo para garantizar la reelección de Bush. ¿Vale la pena?