LEÍ HACE POCO que en Tréveris, donde cercenaron la cabeza, los pensamientos y la vida a Prisciliano, se exponían los calzoncillos que Marx usó quizás escribiendo El Capital , o quizás cuando intentaba reproducirse con Helena, su sirvienta multiusos. De ella al fin tuvo un hijo que fue uno de los escasos lectores que ha logrado concluir el citado texto y salir ileso de la aventura filosófica-socio política y económica. En esto de las reliquias hay muchos fanáticos, coleccionistas y expositores. Los venecianos y pisanos rebanaban estatuas y traían las cabezas a Londres y a París. Ahora también esas Ketchup tratan de conservar en alcohol lo del Aserejé , que traducido del críptico quiere decir «váyase usted a la puñeta», para que lo adoren los fundamentalistas. Cualquier día aparece en el Prado el chaleco profesional del comunista Marcelino Camacho y un bando de Tierno Galván. En Athos un anacoreta me enseñó el cráneo de San Pantaleimón y la bajera orinada de la Verónica. Las reliquias llevaban el certificado de autenticidad de El Corte Inglés.