ERA CONFESADO deseo de Aznar que el pleno del Congreso celebrado el lunes, para instar la ilegalización de Batasuna, fuese una foto en la que quedara reflejada la postura de los distintos partidos políticos ante el fenómeno terrorista. Sin embargo, en vez de una foto fija, como perseguía Aznar, el pleno del Parlamento se parece más a la primera secuencia de una película de largometraje, que no revela nudo ni desenlace. En efecto, si la ilegalización de Batasuna no es la panacea, como empiezan a reconocer sus propios promotores, ¿a partir de ahora, qué? Este es el interrogante que se plantean muchos ciudadanos que contemplan, con horror, la posibilidad de que esta iniciativa, lejos de debilitar al entorno terrorista, lo fortalezca y rehabilite. Batasuna había perdido la mitad de sus votos en las últimas elecciones autonómicas y las encuestas le auguraban una catástrofe electoral en los futuros comicios municipales. La ilegalización puede interrumpir el proceso de descomposición de Batasuna y reagrupar al entorno radical alrededor de un partido que podría pasar a ser considerado como una víctima del sistema. Pero ésta no es la única incógnita que planea sobre el futuro de la lucha antiterrorista. Tanto o más importante resulta saber si el Gobierno está sinceramente dispuesto a recomponer la necesaria unidad de los demócratas o si, por el contrario, piensa seguir atizando su enfrentamiento y división, con el único fin de conseguir pingües réditos electorales. Las inauditas declaraciones de Iturgaiz, calificando al PNV de sicario de ETA, en el momento en que el Gobierno vasco y la Ertzaintza, cumpliendo el auto de Garzón, se disponían a clausurar las sedes de Batasuna, reflejan la catadura moral del personaje y no dejan lugar a dudas acerca de las verdaderas intenciones del PP. Afortunadamente, el PSOE no parece haber asumido el deseo del Gobierno de declarar proscritos a quienes legítimamente discrepan en aspectos concretos y discutibles de la lucha antiterrorista. Por cierto, haría bien Touriño en no perder de vista los discursos de Caldera y Rojo, en vez de sumarse a la grosería política e intelectual de Cuíña, tendente a sembrar injustificadas sospechas sobre el compromiso antiterrorista del BNG. La victoria definitiva sobre el terror exige unidad democrática, generosidad y renuncia a intereses partidistas. Algo que nada tiene que ver con la obsesión, a la que es tan proclive Aznar, de presentar fotografías trucadas.