LOS EJÉRCITOS y los servicios de inteligencia occidentales están cambiando como consecuencia de la nueva doctrina de seguridad global enunciada después de los atentados terroristas del 11 de septiembre en Nueva York. En España, el Ejército elabora tres planes para los nuevos tiempos: el de transporte estratégico para llegar pronto y con pertrechos a escenarios lejanos; el de mejora de la inteligencia, con sensores de más alcance y profundidad; y el aumento en número, calidad y equipamiento de las fuerzas especiales. Por su parte, el Centro Nacional de Inteligencia (CNI), dirigido por primera vez en su historia por un civil, ha cambiado de nombre, reglas de juego y recluta. Matemáticos, ingenieros de telecomunicaciones y expertos en idiomas engrosarán sus filas en los próximos meses. ¿Por qué ocurrió el 11-S?. Esta pregunta, formulada insistentemente a los responsables de inteligencia, tiene ya un principio de respuesta común: porque el mundo ha cambiado y, sobre todo, Estados Unidos. La globalización permite desplazamientos masivos de personas, bienes y servicios sin apenas controles. Y estos movimientos suceden cuando en muchas sociedades se han generado profundos desarraigos a causa del fracaso de los modelos copiados miméticamente de Occidente. Este desarraigo ha producido frustración por un pasado esplendoroso que se añora, frustración por un conflicto, el palestino-israelí, que no encuentra salida y frustración por desplazamientos ingentes del campo a la ciudad que no satisfacen el porvenir soñado. Tantas frustraciones generan descontento y este es caldo de cultivo para que actúen grupos que alistan y adoctrinan hasta el fanatismo a jóvenes dispuestos a inmolarse en nombre de una causa y una religión. La respuesta no debe estar en el aparato militar sino en la inteligencia para que evite que el terrorismo crezca, se desarrolle y se alimente. Pero para evitar que nazca hay que luchar contra la pobreza, acabar con los «yacimientos de odio», como los define Javier Solana, y atajar los conflictos locales actuales. Debemos evitar que se militaricen nuestras vidas.