EL MISMÍSIMO Kubrick estaría deslumbrado ante la dimensión de la odisea espacial que nos invade. Desde lo que Armstrong definió como un gran paso para la humanidad cuando pisó la luna hace más de tres décadas, al satélite terrestre se han unido otros objetivos más lejanos como Marte, Mercurio, Júpiter o Venus. Rusia y EE.UU. han dejado de monopolizar la conquista del espacio y hoy los astro-cosmonautas ya no tienen sólo nombres rusos o americanos. China está preparando a doce taikonautas y un módulo, el Shenzhou III , para instalar una base permanente en la Luna antes del 2010 a fin de emplear sus recursos minerales. Previamente, el gigante asiático se alió con Brasil en 1999 para poner en órbita el CBERS-01 con el que ha fotografiado ya el 96% de toda China y para lanzar al espacio este año un nuevo satélite de comunicaciones para la observación del medio ambiente, campos de cultivo, desastres naturales y estado de bosques y centros urbanos. Algo sumamente práctico a la vista de la frecuencia e importancia de los cataclismos que el cambio climático reparte por los cinco continentes. También India tiene en marcha un proyecto para enviar una sonda no tripulada a nuestro satélite en el 2007, aunque sus fines no serían tan benéficos, pues algunos analistas lo explican en función del desarrollo de nuevas tecnologías con fines bélicos, e incluso Argentina, antes de su actual crisis, había inaugurado el año pasado su primer centro de estudios espaciales. Hemos convertido al planeta en una aldea en peligro de extinción y el Universo cada vez se nos hace más finito. ¿Llegaremos a ver una misión espacial para encontrar a Dios?