CON LA alocada carrera que hemos emprendido hacia ninguna parte en el proceso de ilegalización de Batasuna, han comenzado a agravarse las viejas fracturas sociales y políticas, y han nacido otras nuevas. Todo está resultando muy sorprendente. Cuando algún dirigente político estima que sus argumentos a favor del procedimiento se muestran débiles, ante la hipótesis de un efecto boomerang que nos arrastre a todos, se acude a un genérico y cómodo lugar que vale tanto para un roto como para un descosido: «algo teníamos que hacer». Pero nadie se atreve a pronosticar una hipótesis de situación con un horizonte de pocos meses, aunque pocos niegan que se están rompiendo vínculos políticos entre las fuerzas democráticas que han estado vigentes desde la transición democrática y que explican su desarrollo. El dibujo político de las votaciones en la Diputación Permanente del Congreso de los Diputados es altamente inquietante. El desmarque de Jordi Pujol y el anuncio de la abstención definitiva de Convergència i Unió en el pleno del día 26 de agosto, rompen una larga tradición de consenso en la crucial cuestión de la forma del Estado. Además, las tres formaciones que componen el Gobierno de Vitoria (PNV, EA e IU-EB), al oponerse o apoyar la abstención, acrecientan la fractura en el seno de la sociedad vasca. Y, por último, la abstención del Bloque Nacionalista Galego (BNG), cierra el círculo de la centrifugación de fuerzas políticas cuyo concurso es indispensable para la normal gobernación de un Estado complejo y diverso como es España. Sólo falta que la Sala del 61 del Tribunal Supremo no vea claras las cosas en el mes de septiembre, para que entremos en una crisis política imprevista con un Parlamento y un Gobierno desautorizados por el máximo tribunal. Lo que explica la fulgurante entrada en la carrera de Baltasar Garzón, que acude en apoyo del Ejecutivo para cubrir cualquier eventualidad. Batasuna se ha ganado a pulso todas sus desgracias, pero no le hagamos el favor de concederle el partido sin bajarse del autobús, como afirmaba Helenio Herrera. Temo que todo esto aleje y fracture más a Euskadi y a España. Hasta hace poco tiempo gritábamos en las calles, tras cada atentado, ¡vascos sí, ETA no! En la medida en la que puede ir calando en la opinión pública el disparatado mensaje enviado por el Partido Popular, de que ETA y el PNV «vienen siendo la misma cosa», estamos sentando las bases de un extrañamiento definitivo entre las dos realidades. Estamos haciendo el viaje contrario al que iniciamos todos juntos en 1975. ¡Pobre España!