ALGUNOS de los mejores días de la infancia se me fueron en la playa de San Amaro, nadando hasta las lanchas -cuando las alcancé por primera vez, me sentí mayor- pescando lorchos con sedal, anzuelo y lapas de cebo, saltando desde las rocas... en fin, cualquier cosa menos estarse tumbado sobre la toalla para salir con vuelta y vuelta de sol. San Amaro era la playa de diario. Los domingos y festivos cruzábamos a Santa Cristina, a Bastiagueiro o a mi preferida, no recuerdo por qué: Gandarío. De entonces y de muchos años lejos del mar, evocándolo, me viene la querencia a la playa. Pero no voy más que raras veces. Cogí el otro día la bici y me arranqué a hacer con calma unos kilómetros. Había estado algo pachucho y no debía abusar. Paré a tomarme los bocadillos en una playa. Sabía que a esa hora no habría nadie. Aproveché para leer un buen pedazo de Dickens y me quedé dormido. Desperté con una pareja a pocos metros, pese a que disponían de casi todo el arenal. Estaban comportándose con el mismo sentido del pudor y de la intimidad que usarían dos vacas. Había también un matrimonio mayor quizá esforzándose por no mirar. Me fui, por falta de estómago y exceso de vergüenza, preguntándome por qué tenía que irme yo.