Johannesburgo

| IGNACIO RAMONET |

OPINIÓN

20 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PRÓXIMO día 26 empieza en Johannesburgo, África del Sur, la segunda Cumbre de la Tierra, organizada por las Naciones Unidas. Es un acontecimiento político y ecologico de inmensa envergadura en el que participan representantes de más de 180 países, que concentra el mayor número de jefes de Estado y de Gobierno reunidos desde hace una década, y en el que intervienen más de 60.000 representantes de miles de ONG del mundo. El nombre oficial de esta reunión es Cumbre mundial sobre el desarrollo sostenible y se trata de hacer, diez años después de la Cumbre de Rio, un balance de la degradación del medio ambiente y del estado de la pobreza en el mundo. Se considera que el desarrollo es sostenible cuando se compromete a restablecer la calidad del medio ambiente de manera que se transmita a las generaciones futuras una naturaleza por lo menos de idéntica calidad a la que nosotros recibimos de las generaciones precedentes. El concepto de desarrollo sostenible se opone a toda degradación duradera, en todos los aspectos, de la naturaleza A pesar de los compromisos firmados en Rio, y a causa de la ofensiva de la globalización liberal, las cosas se han degradado de manera muy alarmante. Los estados del Norte, con apenas 20% de la población mundial, producen el 80% del producto planetario bruto y siguen consumiendo el 80% de los recursos de la Tierra. El acceso a algunos de los bienes comunes, como el agua o la energía, por ejemplo, sigue siendo escandalosamente injusto. Si el modo ultraliberal de desarrollo de las sociedades ricas continúa al ritmo actual, peligrará dramáticamente toda la biosfera. Si la deforestación -que hace desaparecer, cada año, una superficie de bosques de cuatro veces la extensión de Bélgica- prosigue a la increíble velocidad actual, obedeciendo a exigencias del mercado, el cambio climático agravado por el recalentamiento de la atmosfera se amplificará. El nivel de los mares se elevará, inundando regiones enteras y haciendo desaparecer para siempre deltas habitados por decenas de millones de personas y algunos países-archipiélagos del Pacífico. La desertificación se extenderá. El agua dulce escaseará de tal manera que se estima que, si la globalización sigue igual, más de la mitad de los habitantes de la Tierra padecerán estrés hídrico , es decir, falta de agua, antes del 2025. El último informe de la ONU sobre desarrollo advierte que, si la concepción del crecimiento no se modifica y no se entra en un ciclo de decrecimiento sostenible , el 70% de las tierras habitadas del planeta podrían verse muy negativamente afectadas por la construcción de carreteras, autopistas, ferrocarriles, embalses, aeropuertos, zonas industriales, minas y otras megaobras construidas en nombre de una concepción obsoleta del progreso. La amplitud de la crisis ecológica mundial es tan enorme que pone en peligro la propia existencia del ser humano. Sobre todo porque agrava la pobreza de los más pobres. El número de éstos representa ya un tercio de los habitantes del planeta. Uno de cada tres habitantes del planeta vive - es decir, come, bebe, se viste, se aloja, se transporta, cuida su salud y se educa- con ¡menos de un euro diario! La situación es tan desesperada que la humanidad, representada en Johannesburgo por las asociaciones y las ONG, no se contentará con vagas promesas de los amos del mundo. En coro, los miles de militantes antiglobalización van a reclamar: ¡Cambios ya! ¡Fin de la globalización liberal ya! ¡Otro mundo es posible ya!