EN UN RELOJ de sol escribieron entre las cifras del cuadrante, barroca y necrológicamente, esto: Mors certa, sed hora incerta , es decir, muerte cierta, pero hora incierta . Cuando cualquier ciudadano indaga la hora, el reloj le bombardea, además, con un recuerdo funeral. ¿Por qué? Todo reloj, dicen, es esencialmente melancolía. Cuando el personal, por abstracto que sea, pasa ante su esfera, siente un viento húmedo y frío, un aroma ceniciento y el cuerpo comienza a segregar ácidos tristes. El hombre, después de todo, es fósforo, nitrógeno y potasa. Para evitar esta proclividad, lo decía Rider Haggard, nada tan exacto como llevar una gardenia en el ojal. Y si no, metamos en el bolsillo un discurso del honorable Llamazares, que con sólo tocarnos el pellejo uno comienza a manar adrenalina como si nos acariciase Marta Sánchez. Entonces, ya con la anatomía amena, ningún reloj ni máxima latina podrá fastidiarnos el pasodoble. Escribió el cínico Kissinger: «Para que nos salga el día completo, tras el desayuno acariciemos palomas y tras la cena adulemos halcones». Lo complejo es saber quiénes son palomas y quiénes halcones. La monda. ¡Chao!