UNO COGE el mando de la tele, aprieta el botón de la primera ¿y qué se encuentra? Pues a un sujeto comiéndose diez kilos de merengue, al tiempo que sostiene en una mano las obras completas de Ricardo de la Cierva y en la otra un flotador. La opción de la segunda es sólo apta para forofos, ¡muy, muy forofos!, del ciclismo: la vuelta a Burgos, 3ª etapa, entre Aranda y Peñaranda. En la gallega la cosa no suele tener dudas: o está Gayoso, o Piñeiro, o Ana Kiro. Si hay suerte, en Antena 3 dan una ¡de Sylvester Stallone!; ¿y si no la hay?: pues una ¡de Chuck Norris!. En Tele 5, en fin, alternan entre señores y señoras (es un decir) que se insultan en directo, y adolescentes que quieren ser artistas. Es como el túnel del tiempo, pero, con colorines... y con un pouco máis de bombo . O, mejor: es como si todos los programas de variedades de la tele fueran uno, del que salen, convenientemente montados, los demás. Y todas las películas, la misma, a la que se cambia sólo el vestuario, el decorado y el momento de las balaseras y los besos de tornillo. Y como si todos lo animadores fueran el mismo animador, que se disfraza según se trate de magacín, concurso o musical. ¿O es que ustedes no sospechan, como yo, que, José Manuel Piñeiro, José Ramón Gayoso y Ana Kiro constituyen las diversas presentaciones en pantalla de un Mortadelo genial que se viste y actúa según cual sea el programa que le toque en cada caso? Sí, ya sé que si yo escribiera ahora que la oferta televisiva durante los meses de verano es una auténtica vergüenza, que ofende a los telespectadores que se ven obligados a padecer esta invasión inmensa de basura, sería yo mismo el que estaría faltando al respeto a los millones de españoles que la gozan con todo lo que a mí me parece abominable. Por eso, harto ya de haberme visto obligado a renunciar a un instrumento de diversión y esparcimiento al que tengo tanto derecho como los demás contribuyentes, les propongo ahora un nuevo planteamiento: el que, salvadas todas las distancias, me atrevería a llamar, con su permiso, un new deal televisivo. En efecto, un nuevo reparto, basado en la constatación de que existen distintos tipos de espectadores que tienen -tenemos- el mismo derecho a poder ver televisión. Hay -es evidente- millones de usuarios que disfrutan viendo lo que a otros, quizá porque estamos démodés y apijotados, nos parece insoportable. Sea, nada que decir: que cada uno vea lo que quiera. Pero hay también una franja de usuarios -contribuyentes- que nos sentimos estafados y que exigimos una parte de la tarta. Los que cada vez que tratamos de ver televisión oímos una voz ultraterrena que nos dice: ¡arriba los mandos! ¡esto es un atraco!.