SI USTED ha viajado alguna vez por Europa, entre Milán y Venecia, por ejemplo, o por el Levante español, entre Gerona y Málaga, no hará falta que le diga que la autopista del Atlántico (A-9) tiene muy poco tráfico, tanto en términos absolutos, comparando sus movimientos con los de otras vías de similar categoría, como en términos relativos, comparando el tráfico que lleva con el que teóricamente podría llevar, o en términos de tipología del transporte, comparando el inmenso tráfico pesado que soportan las autovías europeas con los escasos camiones que circulan aquí. Por eso hay que preguntarse qué sucede para que en esta A-9 de nuestros amores se produzcan los atascos kilométricos que se ven en las tardes de verano y Semana Santa, o cada vez que el invierno nos da un pequeño respiro dominical. Yo mismo tuve la experiencia del problema en la pasada Pascua, cuando una autopista con índice de circulación medio/bajo me retuvo durante noventa minutos en la cutre estación de peaje entre Pontevedra y Santiago, mientras los agentes de la Guardia Civil me tocaban el silbato en las orejas y agitaban sus brazos como pandereteiras , dando a entender que la culpa de la retención era de los conductores. La verdad, sin embargo, es que la A-9 carece de estructura suficiente para cobrar el peaje. Que tiene pocas cabinas, que funcionan con inexplicable lentitud y que carece de peajes electrónicos. Y por eso hay que decir que todos los atascos obedecen a un simple problema de gestión que Portugal resolvió hace más de diez años y que toda Europa, incluida Cataluña, tienen resuelto con total normalidad. Y, aunque no ignoro los problemas que planteaba la siempre obsoleta normativa española de circulación (que parece más difícil de reformar que el Código Penal), tengo que reconocer que una concesionaria que tarda hora y media en cobrar un viaje de cuarenta minutos, y que exige íntegro su elevado peaje, está estafando al usuario. También la Guardia Civil debería saber que, si puede alterarnos los itinerarios cuando le parece oportuno, o parar el tráfico para que pase la Vuelta Ciclista a Burgos, o circular a 175 km/h delante del coche de Fraga, también puede franquear los peajes y deshacer los atascos cuando la cola pasa de doscientos metros. Porque eso sería gestionar el tráfico, mientras que esto otro -tocar el silbato, abofetear el viento y situar el radar recaudatorio donde hay una limitación absurda- no es más que amolar al contribuyente, dejando que una barrera abatible retenga a miles de automovilistas bajo el pesado calor de agosto. Así que, menos campañas y más cabeza. Porque el sentido común es la primera norma de la circulación.