El experimento Batasuna

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

SEAN CUALES SEAN los lazos, relaciones, contactos, dependencias y reciprocidades de ETA con Batasuna y de Batasuna con ETA; sea cual sea su grado de evidencia, oscuridad y oportunismo, más allá y más acá del entramado objetivo y subjetivo, a un lado y a otro de lo que la autodenominada izquierda abertzale piense de sí y pretenda de los demás, la cuestión Batasuna entraña un malestar interno natural que arranca de su origen, concepto y metodología. A diferencia de los partidos demócratas, Batasuna no surge de una normalización asumida e históricamente asentada desde dentro de las organizaciones políticas. Batasuna es el resultado de un posibilismo experimental, de una política de laboratorio que consiste en la investigación y explotación de un terreno legal por parte de unos exploradores enviados por quienes no están dispuestos a abandonar el territorio de la ilegalidad. Los brazos políticos de las organizaciones armadas suelen corresponder a los intereses negociadores del sector más moderado de entre quienes constituyen el radicalismo armado en cuestión. Esa distinción necesita unos rasgos nítidos y un carácter lúcido y autónomo desde el que desarrollar una política auténticamente política, es decir, una política que defienda las posibilidades tácticas de una estrategia de acuerdo con las diferentes condiciones y los diversos planteamientos. Las condiciones y planteamientos de las democracias contemporáneas tienen que ver con un consenso básico de convivencia en el sentido de que los problemas se planteen y resuelvan sin que nadie gane todo ni lo pierda (y, mucho menos, la vida). Es lo que, en mi opinión, Batasuna no ha sabido hacer desde el momento en que desistió de actuar como partido político y prefirió trabajar con el perfil mucho más nítido de portavoz, unas veces, y apoyo, otras, de una organización armada. Eso es, al menos, la percepción que el ciudadano tiene de Batasuna, y no creo que su cúpula dirigente, sus bases militantes y los núcleos de sus activistas estuviesen dispuestos a ponerla seriamente en duda. El experimentalismo de Batasuna nunca se planteó la imagen ni la actividad de un partido político normal. Batasuna se ha limitado a poner en la escena parlamentaria la voz de un grupo armado. Todo cuanto constituye la práctica abierta y transparente de un hecho público a la luz política del Parlamento es un territorio cuyos códigos no son reconocidos por Batasuna, puede que porque no quiera, puede que porque no pueda, puede que por ambas cosas y porque le resulte imposible. Esa imposibilidad de autonomía política es el efecto de la asimetría entre ETA y Batasuna, de una desigualdad y dependencia dictadas como incoercible premisa que hace impracticable la ecuación. El experimento estaba tan condenado al fracaso como lo está su replanteamiento. Lo malo es que las hipótesis experimentales cambian muy poco a poco. En esos laboratorios la noche es larga, y terco el insomnio.