Este mes de agosto puede significar el principio del fin de uno de los episodios bélicos más crueles y bochornosos de los que siguen en vigor: la larga guerra civil de Sudán, que está a punto de cumplir veinte años (empezó en 1983) y que ha cosechado ya dos millones de muertos y cuatro millones de desplazados o condenados al éxodo. Las negociaciones entre el norte, islámico y árabe, y el sur, de mayoría negra y religión animista o cristiana, que empezaron el pasado 27 de julio en Uganda y que continuarán en la segunda mitad de este mes en Kenia, no son una garantía de éxito, pero nunca antes se habían aproximado tanto las partes enfangadas en el conflicto. Los ricos yacimientos de gas y petróleo descubiertos en zonas de combate han agudizado el instinto pragmático de los bandos enfrentados, que saben que la victoria total no está al alcance de ninguno. Veinte años después de masacrarse y perecer en feroces hambrunas, sus líderes parecen haber descubierto que un acuerdo, aunque sea malo, es mucho mejor que una maldita guerra sin más horizonte que las víctimas que genera. ¿Hay lugar para la esperanza? ¿Puede desactivarse tanto encono? No es para fiarse, pero la paz sería una buena noticia para estos comienzos del XXI.