AHORA QUE tantas congojas pasamos, quiero glosar una noticia feliz. No es original. Es una encuesta publicada en uno de los suplementos de prensa del último fin de semana. Ese colorín preguntó quién era el personaje más odiado, y el Estado, el Gobierno y las autonomías pueden respirar tranquilos: la persona menos querida es Carmina Ordóñez. Debe ser que se lava los pies con Coca-Cola. En cambio, las personalidades más queridas son, por este orden, la reina doña Sofía, el rey don Juan Carlos y el Príncipe de Asturias. Abandonad, republicanos, toda esperanza. Celebrad, monárquicos, el éxito de este medio siglo. Ni Bisbal, ni Rosa, ni artistas, ni toreros, ni futbolistas hacen sombra a la familia real. Tres personas hay en su cúspide, y las tres copan los índices de popularidad. Tienen el monopolio del cariño popular. Hasta ahora pensábamos que queríamos a la Monarquía como una institución necesaria para la estabilidad. Creíamos que seguíamos agradeciendo a don Juan Carlos el mantenimiento de las libertades después del sobresalto del 23-F. Pero ahora resulta, además, que encabezan el hit parade del afecto popular. Que el Príncipe heredero esté ahí arriba, detrás de sus padres, es, como diría un político en celo monárquico, «una garantía de futuro». Menos mal que el rey disfruta de excelente salud. Si no fuera así, pensaríamos que empiezan a preparar la sucesión. ¡Qué envidia deben de tener la reina Isabel de Inglaterra y su hijo Carlos! Su monarquía ha cumplido ochocientos años, ningún británico ha visto nunca otra cosa, y tienen que comprobar cómo unos novatos les ganan la batalla del afecto. Lo más bonito es que ni la reina, ni el rey ni su hijo han contratado nunca un gabinete de imagen, que se sepa. Se han limitado a portarse como mandan la Constitución y el sentido común. Por eso no han necesitado asesorías. En el fondo, todos hemos sido su gabinete de prensa.