De catedrales

| XERARDO ESTÉVEZ |

OPINIÓN

CIUDADES Y CIUDADANOS

10 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

DE HUESCA a León hay quinientos kilómetros y cinco horas sin paradas, aunque la cosa varía si se trata de apreciar la asombrosa diversidad paisajística y el valioso patrimonio de las comunidades de Aragón, Navarra, La Rioja y Castilla y León. En los extremos de la ruta hay dos ciudades con diferente destino. De Huesca hay que citar el río Flumen, el río Río, hermoso topónimo latino conservado en su forma original, como nuestra Iria Flavia. Tiene ese aire plácido de las capitales de provincia tirando a pequeñas, pero con un buen nivel de vida. León, siendo más grande, es también más dinámica y turística, como hito de primera categoría en la ruta jacobea. En ambos casos el rico patrimonio monumental y residencial se va conservando, beneficiándose de los avances en la rehabilitación, aunque con criterios variables. Sus catedrales pueden servir de paradigma. Huesca es la arenisca mordida por el viento, el patrimonio que amenaza con diluirse y que plantea una disyuntiva: intervenir o dejar estar. A su lado se conservan restos romanos y árabes, que, como todas las ruinas, mueven a compasión, provocan melancolía, pero al mismo tiempo inducen a su necesaria revisión. El patrimonio histórico tiene que ser revisitado , como Brideshead en la novela de Evelyn Waugh. La catedral de Huesca es de un gótico tardío, austero y proporcionado; como la de Salamanca, es más bella por dentro que por fuera. Destaca su buen mantenimiento, con zócalos alicatados y pavimentos de mármoles y cerámica vidriada. El excepcional retablo de alabastro de Damián Forment, muy bien restaurado, es el contrapunto de la desgastada fachada que da frente al ayuntamiento, formando un pequeño Obradoiro. En León, el gótico llega al paroxismo, es el éxtasis a través de la luz que penetra por mil ochocientos metros cuadrados de vidrieras originales y se pierde en las altas bóvedas. Exteriormente uno desearía que envejeciese, porque la restauración la ha dejado demasiado blanca, igual que Burgos. La remodelación del espacio circundante, de Sáenz de Oíza, creando en torno al edificio una plataforma que combina varios materiales y texturas, me parece acertada, aunque no creo que las farolas sean atribuibles a él. Las catedrales hay que visitarlas, ya sea para conocerlas o para invocar el nombre de Dios, por la mañana o por la tarde, que es cuando están en su mejor momento lumínico según su orientación canónica. A mediodía, con el sol en vertical, se pierde buena parte de la emoción espiritual que crea la luz oblicua entrando por vidrieras y rosetones.