07 ago 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

EN LOS VIAJES largos, sobre todo si son nocturnos, uno aspira a la soledad. Es decir, a que nadie ocupe el asiento de al lado. Esto, además de añadir espacio a las estrecheces de la clase turista, evita la posible presencia del palizas desvelado. Afortunadamente, en el último, me pasaron a ejecutiva aunque Iberia le den nombre inglés -no sé por qué- y convencí al compañero que me cupo en suerte de que me cediera la plaza del pasillo. En esa operación gasté bastante tiempo, porque sólo hablaba árabe y algunas palabras, muy pocas, de un portugués recién aprendido. Pensé, por tanto, que dispondría de los dos lujos de un viaje largo: espacio y silencio. Abrí un libro, pero el egipcio me preguntó a trancas y barrancas por mi profesión. Se la repetí varias veces. Luego me explicó la suya. No entendí nada. Se impacientó y dijo: «Vocé fala portugués...» al tiempo que componía el gesto que indica regular tirando a mal. Me reí y asentí. Al final me pareció que quería decir «art design». Luego quiso saber si había muchos de su oficio en España y si había egipcios y qué pensaba de los árabes. Cada respuesta renovaba el suplicio para ambos, pero insistía. Parecía buen tipo. Me hubiera gustado conversar un buen rato con él.