RECIBIR carta de un amigo o familiar argentino es llorar. Lo que allí ocurre es una verdad que empieza a no estar en los periódicos. El patetismo de algunas descripciones de la vida cotidiana resulta conmovedor. «A las seis de la tarde llega desde los alrededores una invasión de indigentes y se desparrama por toda la ciudad revolviendo las bolsas de basura para llevarse todo lo que puede venderse o consumirse», dice uno. Los empresarios no lo tienen mejor. Uno, del sector hotelero, me escribe: «La lucha cotidiana no es por crecer, sino por empequeñecerse lo menos posible y lo más tarde que se pueda». Gran aficionado al tango, me recita las viejas frases: «la mina se piantó» (la doncella se fue), «no hay vento» (no hay dinero) y «el que no afana es un gil» (el que no roba es un tonto), que describen un clima moral. El pintor Quinquela Martín mostraba escenas del barrio de La Boca, antaño de gran actividad portuaria. Hombres que trabajaban en barcos, con chimeneas humeantes de fábricas al fondo. Un amigo me dice: «Antes sentía conmiseración por tanto esfuerzo; hoy me inspira nostalgia, añoranza de un momento de empuje, de construcción, de trabajo. Porque hoy ya no hay ni fábricas ni labor». Ni tango que lo cuente.