HAY NEGOCIOS que prosperan con las desgracias ajenas. El triunfo de unos lleva consigo la derrota de otros y hasta las leyes de la Naturaleza se basan en la preeminencia de las especies más fuertes sobre las débiles. La vida está impregnada del terrible principio de cuanto peor, mejor. Claro está que lo peor y lo mejor son términos relativos, que alcanzan su verdadero valor cuando se les añaden adverbios de cantidad... Cuanto peor (para muchos), mejor (para algunos). Y es que en el reparto de beneficios y castigos abundan mucho más los perdedores que los triunfadores y en este injusto desequilibrio adquiere sentido la cruda realidad. Todos los medios informativos del mundo y, por supuesto, también éste, se alimentan cada día sobre todo con las malas noticias. En las redacciones existe un tácito precepto valorativo de las informaciones en función de sus aspectos negativos o ruidosos. Las guerras -incluso la pequeñita del islote Perejil-, el terrotismo, las catástrofes, los crímenes, los dramas humanos, etcétera, pertenecen a la primera división de la valoración periodística. También suelen estar en el primer nivel las trifulcas políticas (muchas de ellas provocadas por los propios interesados) y, desde luego, todo aquello que suscita pasiones masivas, como los extremismos de toda condición y los espectáculos. El ejemplo más paradigmático es el fútbol. Un diario es como un acta notarial de lo que pasa cada día; pero no lo que pasa de manera normal, sino todo aquello que produce ruido o es susceptible de provocarlo. El mar en calma no es noticia, pero sí lo es la tempestad. Existen verdaderos expertos en provocar tempestadas para merecer interés informativo. A los políticos se les atribuye el dicho de «que hablen de mí aunque sea bien»... No es error poner bien donde, lógicamente debería escribirse mal, porque algunos políticos alimentan su notoriedad en la provocación, incluso en el exabrupto (el mejor de los ejemplos, Arzalluz), hasta el punto de que ciertos ministros muy vapuleados por los medios o por la oposición se han mantenido en el poder para llevar la contraria a sus detractores. Aburridos de normalidad El juego de lo mejor y lo peor es el alimento de una parte de la sociedad que se aburre con la normalidad. Los grandes y poderosos instrumentos de la información, como es el caso de la televisión o de Internet, son los vehículos de ese perverso conflicto que la llamada sociedad de la información demanda con insaciable masoquismo. Un ejemplo. Los telediarios de la televisión pública dedican más de un tercio de su tiempo a la crónica de sucesos, no sólo a los de gran impacto, sino también a los de la vida cotidiana de ámbito local. ¿Demanda, de verdad, la sociedad ese tipo de información? Una respuesta realista es que no. Otra cosa es que una mayoría de los espectadores presten atención a los dramas humanos por razones de sensibilidad. En un plano objetivo, el panorama social español no merece diez minutos de sucesos domésticos en cada telediario de la televisión pública. Lo dicho, cuanto peor, mejor. En el marasmo de esta escandalera, cuando alguien dice con ingenua alegría que ha nacido una rosa, nedie le hace caso y, sin embargo, es una gran noticia, porque mientras nazcan rosas existirá la vida.