Un Papa viejo

OPINIÓN

¿TIENE ALGO que hacer un Papa viejo, achacoso, de rostro acartonado por la enfermedad en un mundo comandado por la belleza física, en esta sociedad nuestra en la que mandan los cánones de juventud y atractivo sensual? Parece que no. De hecho se levantan con puntualidad, por lo menos cada vez que viaja, las voces de unos cuantos, casi siempre en los mismos medios. Sin embargo, ningún ídolo de moda consiguió jamás reunir las muchedumbres de jóvenes que congrega este Papa viejo y encorvado. Se cuentan siempre por cientos de miles o por millones. Puede que esos jóvenes ni recuerden que este Papa derribó con la fuerza de la palabra los muros que atenazaban a pueblos enteros: los del antiguo bloque comunista europeo, las dictaduras de derechas de Filipinas y Chile (ambas apenas aguantaron un año después de la visita de Juan Pablo II), y la sandinista de Nicaragua y... ahora no me sale la lista que enumeraba con detalle, hace ya tiempo, The Economist . Los jóvenes se reúnen con el Papa porque tiene algo que decirles, algo que les interesa mucho oír y ver. ¿Y qué pasa con los que le critican? El valor de la ancianidad Piden su renuncia desde posiciones caracterizadas por su antagonismo con la Iglesia. Y esto no deja de ser una contradicción. ¿Qué les importa a ellos que los católicos exhiban un Papa viejo? Deberían, si tan malo les parece, quedarse muy tranquilos. Pero también le ataca desde dentro, gente que, como decía un columnista hace nada, se dedica a hacer pajaritas de papel en un asilo, gente a la que jamás siguió nadie. Quizá sea eso: a unos les duele el tirón del Papa y a los otros... también. Mientras él, ajeno a toda esa estrechez y miseria, continúa gastándose. Sabe que su cabeza funciona y que su corazón está joven, por mucho que el cuerpo con frecuencia se le resista y, sin duda, clame por un descanso más que merecido. Por si acaso, ha escrito un documento en el que confía a sus colaboradores la decisión de sustituirle si advierten que no está en condiciones de seguir al frente de la Iglesia. Es el último romántico, el último hombre enamorado capaz de dar la vida hasta el postrer aliento, hasta la sensación más elemental, en favor de una misión divina que abraza toda su existencia. Probablemente sea esto lo que a veces no se entiende. Quizá tampoco se entienda que el Papa está empeñado en una catequesis final: la del dolor y la vejez. Quiere hacer ver al mundo el valor intrínseco de ambos, con su propio ejemplo. Los ancianos no son material de desecho, prescindible, obsoleto. Sus vidas tienen el mismo valor que cualquier otra vida humana, al que añaden, si acaso, la gratitud que se les debe y la experiencia humana que acumulan. Ancianidad y dolor se han convertido, con frecuencia, en conceptos obscenos, que deben ser tapados con velos piadosos. Frente a esto, la exhibición de vejez y enfermedad de que hace gala Juan Pablo II resulta para algunos afrentosa. Como escribía Juan Manuel de Prada, «mientras se nos inculca el repudio de esos arrabales de la vida, un viejo viejísimo no tiene reparo en mostrarnos sin ambages su hermosa decrepitud. En esta subversión de tantos valores mentecatos, en esta vindicación de la vejez como inmolación fecunda y orgullosa, frente a la vejez entendida como postración vergonzante, debemos buscar también las razones de la antipatía con que ciertos centinelas de la ortodoxia honran al Papa Wojtyla». No se me ocurre otro modo de decirlo mejor.