EL DISCURSO de Mohamed VI al cumplirse el tercer aniversario de su llegada al trono de Marruecos, y su coincidencia, deseada y buscada por Rabat, con la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU en torno al contencioso del Sahara señalan el final de una etapa en la creciente conflictividad entre nuestros dos países. Desde la ruptura del acuerdo de pesca, hasta el choque por el islote Perejil, nunca habíamos llegado a tal grado de tensión. ¿Por qué? Influyen muchas causas, pero de entre todas ellas, dos son las determinantes. Por una parte, una modernización interna que no parece consolidarse, y, por otra, la mayor importancia geoestratégica de Marruecos para los EEUU tras el 11-S. Marruecos vive un momento singular de su historia reciente. Desde su independencia en 1956 se enfrenta ahora a una compleja actualización económica, política y cultural, con el factor añadido de la necesidad de consolidar a un joven rey que carece de la fuerza política de su padre, el rey Hassan II. El analfabetismo alcanza a más de la mitad de la población, el paro supera el 25%, hay diez millones de marroquíes que carecen de luz y de agua corriente, la atención sanitaria es muy limitada, y su PIB per cápita apenas roza los 1.300 dólares, lo que significa que es de los países más pobres del Mediterráneo, con Siria y Albania. En el reparto del PIB mediterráneo, el 81% se queda en la orilla norte y sólo el 10,3 en la orilla sur. Si a todo ello le sumamos el incremento de la presión integrista, que, como en Argelia, se desarrolla entre una juventud sin esperanza, podemos tener una visión aproximada de lo que Francisco Fernández Ordoñez, siendo ministro de Exteriores, calificó como la «bomba de espoleta retardada que tenemos en el Magreb». A España le interesa apoyar el desarrollo económico y la estabilidad política de un Marruecos moderno. Eso es evidente. Pero la elite de la sociedad marroquí debería comprender que la parte sustancial del esfuerzo le corresponde a su propia sociedad, y que, por lo tanto, es un error grave utilizar a España como el enemigo exterior . El Gobierno de Aznar, y su ex-ministro Josep Piqué, han cometido errores de bulto, pero ello no justifica el escaso cumplimiento de las expectativas abiertas hace tres años y el maltrato creciente a las empresas españolas. Rabat desea el Sahara como instrumento de legitimación política interior y por el petróleo ya concedido a la empresa francesa Total Fina y a la estadounidense Kerr Macgee. Pero saben que el pueblo saharaui tiene derecho al cumplimiento de los Acuerdos Tripartitos de Madrid de 1975 y al referéndum de autodeterminación tal y como lo interpreta la doctrina de Naciones Unidas. De momento, España no debe moverse de su posición.