ES MUY FÁCIL, a veces, advertir y admirar el heroísmo en otros. Sólo a veces. Cuando una mujer o un hombre, por ejemplo, persisten en un matrimonio ruin sólo por amor, por puro amor no recompensado o por proteger a sus hijos de la fatal ausencia de familia, siempre hay quien piensa que no existe el derecho a semejante heroísmo. Pero, en general, las actitudes de lealtad y entrega, de desasimiento, se entienden y se aplauden. Lo verdaderamente complicado radica en asumirlas en la propia vida. El yo pronto se sobrepone a las tentaciones de heroísmo con mil sugerentes razonamientos que, en el fondo, resultan siempre en autocompasión. Cuando esto ocurre, ya no se reconoce tampoco el heroísmo ajeno, que se antoja, entonces, contrario a cualquier lógica, obsceno y repugnante. Porque comprobar la ausencia de egoísmo en el otro, en aquello en lo que uno ha sido cobarde, es una bofetada. De ahí que, con frecuencia, para no verlo, se interprete oblicuamente lo virtuoso, se le someta a tortuosas sospechas que, ni así, conseguirán borrar los hechos. Al Papa le pasa mucho eso. Quienes no consiguen perdonarle su entrega a la humanidad se mofan de su salud. Valientes.