La toma de la «Pastilla»

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

EL PLAN promovido por el alcalde lalinés para reducir a 60 los 315 municipios de Galicia sólo presenta un problema relevante: que es irrealizable. Por lo demás, la cosa sería pistonuda y supondría una mejora indiscutible de nuestra administración municipal, aquejada ahora de una atomización muy similar a la que durante tantos años afectó a la propiedad de las tierras en Galicia. De hecho, la fusión de municipios vendría a ser algo así como una concentración parcelaria gigantesca que produciría, como aquella, efectos altamente positivos. La fusión racionalizaría recursos económicos escasos; facilitaría las economías de escala, posibilitando la prestación de servicios hoy impensables en pequeños municipios (bomberos, bibliotecas, guarderías, sanidad); fortalecería la capacidad de gestión de los equipos de gobierno, que podrían pasar a disponer de equipos técnicos que municipios de pocos miles de habitantes no pueden permitirse; y alejaría, en fin, la toma de decisiones de los directamente afectados por las mismas, condición ésta indispensable en ciertos ámbitos para objetivar las resoluciones del poder municipal. ¡Casi nada! Pero, ¡ay!, todas esas ventajas serían incapaces de vencer a los dos grandes adversarios de cualquier política de fusión municipal: el localismo y -por decirlo así- la chupadeira . Lo de la chupadeira es elemental. Suprimir por ley 255 municipios supone sacarse de delante de un plumazo a otros tantos alcaldes (y alcaldables) y a muchos cientos de concejales que se revolverían como gatos panza arriba ante la desaparición de una fuente de poder y de ingresos (directos o indirectos ) que, aunque a muchos pueda parecernos poca cosa, es, seguro, importantísima para los que disfrutan de la misma. Como todo resulta en el fondo una cuestión de perspectiva, los alcaldes de, pongamos por caso, Rodeiro o Agolada, se saben con razón tan poderosos en sus pueblos como los de Madrid o Barcelona en sus ciudades. Pero no es con todo el de la chupadeira el adversario de mayor envergadura que tendría la fusión. Lo verdaderamente grave sería el localismo, pues, si fusionamos, ¿cómo llamaremos al municipio resultante y cuál será su capital? Ahí está la madre del cordero, ante la que no valen racionalizaciones, eficiencias y otras zarandajas. La fusión sería, no lo duden, el comienzo de una multitudinaria intifada en los municipios de Galicia, que obligaría al presidente de la Xunta y a sus consellerios a tomar tranquilizantes para resistir los cientos de conflictos que asolarían el país, en una revolución que conduciría (si ustedes me permiten el juego de palabras) a la toma de la Pastilla.