ASÍ A OJO, como dice Fraga, todos sabemos que A Coruña y Santiago crecen como los hongos, y que pronto tendrán esa condición de «grandes ciudades» que su pujanza económica exige y que los gallegos le hemos adelantado en el lenguaje cotidiano. Por eso hay que preguntarse qué pasa en Madrid, cómo se confeccionan los censos, y por qué no consultan con el IGE (Instituto Galego de Estatística) antes de afirmar, de forma tan torticera, que Galicia pierde habitantes y envejece a velocidades de vértigo. Yo mismo, sin ir más lejos, tengo varios sobrinos de menos de diez años (dos en Forcarei, dos en Santiago y uno en Vigo) que me da la espina que no están incluidos en los números de Madrid, y que, si los metemos en un programa del IGE que esté adecuado a las peculiaridades contables de Galicia, podrían rebajar en 15 o 20 -¡je, je!-la impresionante cifra de 35.789 gallegos negativos -o gallegos rojos, como diría un banquero- que figuran en el censo del 2001. Por eso quiero elevar mi protesta contra los números del centralismo asoballador y adherirme a esa contabilidad intuitiva de Fraga que tanto nos consuela y tan bien refleja nuestra realidad virtual. La verdad es que, con esa manía de explicar la realidad gallega con números y gráficos que cantan como curuxas, los periódicos de julio están resultando un castigo difícil de soportar para un patriota como yo. Si hablan de cosas positivas -renta per cápita, crecimiento económico, salarios, pensiones, ahorro, turismo, productividad, inversión municipal, población nativa y emigrante, asistencia social, enseñanza universitaria, ferrocarriles y otras cosas por el estilo- siempre figuramos a la cola. Y si hablan de cosas feas y corajudas -incendios forestales, peatones atropellados, leche negra, alijos de droga, vacas locas y listas de espera- siempre merodeamos por la cabeza. Y eso, queridos amigos, hay que arreglarlo como sea. Claro que el IGE ya hace lo que puede, añadiéndole seis puntos al crecimiento del PIB, contando los camareros como turistas y aplicando correctores estadísticos adecuados a la idiosincrasia finisterrana. Pero ha llegado el momento de reforzar su trabajo con una ley que declare que sus números son los únicos válidos en nuestro país, y que prohíba la difusión impresa o electrónica de las estadísticas del INE. Sólo así se hará justicia a nuestro gobierno y a nuestro esfuerzo empresarial. También podríamos preguntarnos qué conexión existe entre las magnitudes sociales y económicas y las mayorías absolutas. O qué congruencia hay entre las negras estadísticas y la infinita satisfacción de los ciudadanos. Aunque yo intuyo, así a ojo, que no hay ninguna. Ni falta que nos hace.