GALICIA ES un drama. Cada día escribimos un nuevo capítulo de un enrevesado argumento que nos complica la existencia. El último, especialmente preocupante. Mientras la población española crece hasta alcanzar los casi 41 millones de habitantes, cada vez desciende más el número de gallegos que nos resignamos a vivir en este país. Ya somos casi 36.000 menos. Los más inocentes creíamos que la política de Manuel Fraga de subvencionar los revolcones, soltando unos euros por cada nuevo gallego, servía para algo. Creíamos a Pérez Varela cuando aseguraba que este es un país de futuro, innovador, admirado y ejemplo para muchos. Creíamos que la caída de la población era ya historia. Pero no. Seguimos despoblando nuestra geografía. Seguimos viendo como España destroza al alza las previsiones y nosotros la hundimos a la baja. Vamos, como casi siempre, con el paso cambiado. Castelao decía que los gallegos no protestan, emigran. Manuel Rivas actualizó el razonamiento. Los gallegos ahora no protestan. Sencillamente se niegan a nacer. Porque el país que se les ofrece no les convence. Porque no existe un proyecto atractivo. Ni atractivo, ni tan siquiera proyecto. Galicia muere un poco todos los días. Y lo seguirá haciendo, si no se pone remedio, hasta su desaparición. Por muchas autovías que construyamos. Por muchos puertos deportivos que hagamos. Por muchos colegios que levantemos. Pese al tren de alta velocidad y al pujante sector de la moda. Aquí ya no se quedan ni los corzos. Hasta que no se comprenda el problema. Hasta que dejen de crisparse porque los análisis no nos son favorables, y afronten la realidad con valentía, no saldremos del pozo. Y ahí es donde estamos. Sin porvenir. El problema de Galicia se llama futuro. Porque no lo tiene.