«YO NO HAGO a Buenos Aires más que un reproche, y es el de haberme hecho descuidar a la Argentina», manifestó certeramente el escritor francés Paul Morand. He venido varias veces a la capital y apenas me he movido por el interior del país. Buenos Aires acapara siempre toda la atención. Lo nuevo quiere mostrarse y lo ya visto necesita revisitarse. Como mi hotel está muy cerca de la Plaza de la Recoleta, me acerco a la calle Posadas 1650 para revisitar la casa de Adolfo Bioy Casares. La última vez que estuve allí, no hace muchos años, cené con él. Tenía magníficas vistas sobre los gomeros centenarios. El edificio fue levantado en los años treinta. Una insignificante placa avisa de que en este inmueble vivieron Bioy y Silvina Ocampo. La sorpresa me la llevo al encontrarme el piso abierto, lleno de obreros, llevando a cabo una reforma que modificará las estancias tal cual las conocí. Siempre me pasa lo mismo, no soy capaz de entender que el transcurrir del tiempo es implacable, confunde las huellas y nos gangrena la memoria. Lo mismo me sucede en Maipu 994. Otra placa minúscula recuerda a Borges. La casa hace esquina y, a pesar de la trasera del edificio palaciego que tiene enfrente, se vislumbra la Plaza San Martín. Las casas también sufren por la desaparición de sus vecinos. En las fachadas que contemplo hay un rictus de tristeza. En la Plaza San Martín nos encontramos con Tulio Stella. Todavía hay en Buenos Aires magníficos escritores secretos. En este lugar estuvo la segunda plaza de toros que existió en la ciudad y aquí el general San Martín creó el regimiento de granaderos. El espacio es amplio y está asombrado por varios gomeros centenarios. Borges le dedicó un bellísimo poema donde compara el resplandor de la atardecida con la caoba, en donde dice que todo sentir se aquieta bajo la absolución de los árboles -jacarandas y acacias-. Lo finaliza así: «¡Qué bien se ve la tarde/desde el fácil sosiego de los bancos!/Abajo/el puerto dice de comarcas lejanas/y la honda plaza igualadora de almas/se abre como la muerte, como el sueño». Pero no estamos al anochecer, sino en plena mañana de luz. Nos asomamos a la balconada percibiendo el río de la Plata y, Tulio, nos conduce junto a la misteriosa estatua de La duda : una anciana conversa con un joven. ¿Qué es sino la muerte advirtiendo a la vida? Tulio, que vive allí mismo, nos lleva a enseñarnos su apartamento. Atravesamos un pasaje lleno de comercios y, en uno, se detiene un instante para saludar al dueño. Es una tienda de antigüedades. Están a la vista colgados varios uniformes militares: escoceses y prusianos. Toco sus telas y son como la piel de un muerto. Están apergaminados, desamparados, huérfanos, sin reputación. Siento la piedad que ellos no debieron tener: ¡Dios y la Gloria! Cuánto fracaso. El jardín del apartamento está lleno de zorzales y sobre un hueco de la gran librería, una foto de Mónica Vitti: ¿El verdadero rostro de la duda? «Vámonos a la calle Florida, porque no hay cosa como encontrarse en el lugar del suceso, para ignorar lo que ocurre», escribió Macedonio Fernández. Está tan cargada de gente como siempre, pero muchos de sus bajos comerciales se cierran o traspasan. La ciudad aquí comienza a mostrar en su rostro las huellas del tiempo. Y esa sensación me entristece porque jamás pensé que Buenos Aires envejecería. Niños mendigos, vendedores asaltándote, las colas inmensas en las casas de cambio y los bancos blindados con los muros metálicos carcomidos por la desesperación. «Por los años veintitantos Buenos Aires fue un emporio riquísimo, donde encontrábamos cualquier cosa, aun la fantasía, en su más extraordinaria profusión», escribió Bioy. Y aún duró las dos décadas siguientes mientras Borges publicaba, en la revista ilustrada de los sábados del diario vespertino Crítica , las prosas que luego compondrían la Historia universal de la infamia. Borges, Bioy, Gombrowicz, Ramón, Ayala, Cortázar, Sabato, Artl, las Ocampo, Alberti, O'Neill, Tagore, Ortega, Keyserling, Caillois, Drieu y los editores españoles exiliados como Losada, López Llaunás o Josep Merli, y los gallegos Castelao, Seoane, Dieste... A mi generación todo lo bueno le vino de esta capital. Nuestra meca no era París o Nueva York, sino Buenos Aires.