El viaje

PROCOPIO

OPINIÓN

24 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

MUY POCA gente sabía que Corvus Corax Xacobeus había sido agente del Vietcong. La CIA nunca llegó a saber cómo ni por qué caminos llegaban a Saigón durante la guerra las directrices estratégicas decididas en Hanoi. Durante casi cinco años, un lunes sí y otro no, Corvus acudía al mediodía a una pequeña casa de madera próxima a la antigua residencia del Gobernador francés. Allí Ho Chi Minh lo recibía siempre sonriente y después de una breve conversación le entregaba unas papeletas que Corvus enrollaba y metía en una pequeña bolsa de plástico que después se anudaba al cuello. Al atardecer levantaba el vuelo hacia el sur. Enfilaba en línea recta hacia Hue. Después se desviaba hacia el oeste y siguiendo la frontera con Camboya llegaba hasta los túneles de Cu Chí. Aquellos míticos doscientos kilómetros de túneles que el Apocalipsis del napalm nunca llegó a cegar totalmente y en los que se entraba y se salía por unos orificios cuya anchura coincidía exactamente con las medidas de las caderas increíblemente gráciles de las guerrilleras que los habitaban (y que ahora mismo están siendo ensanchados para que puedan ser visitados por los turistas... norteamericanos). Desde entonces habían pasado ya muchos años y también ciertamente muchas cosas. Ahora Corvus estaba sentado en la terraza del Hotel Rex. Pensaba que así como el Rey David que puede verse suspendido en el aire y en la piedra en la fachada de las Platerías representaba para él el ejemplo más excelso de elegancia individual aquellas oleadas de vietnamitas representaban el más acabado paradigma de la elegancia colectiva. Cuando aún no había empezado a formular una teoría -sobre la moto como pasarela- sonó el móvil que siempre llevaba abierto bajo el ala. Desde la Oficina del Apóstol le recordaban que la Gran Fecha se acercaba y que llevaba ya dos años sin cumplir lo estipulado en el contrato. (Corvus trabajaba ahora para una especie de ONG paralela al Xacobeo. Nadie sabía de quién dependía ni quién la financiaba. Las malas lenguas decían que había sido montada para controlar a Pérez Varela, otros pensaban que obedecía a directrices espiritualistas de Monseñor Quinteiro y por Xanceda los paisanos creían que debía de ser «cousa de don Felipe» debido a la amistad que desde antiguo el gran fabulador había tenido con el Cuervo). Lo único que Corvus sabía con certeza era que la organización se comunicaba con él a través de un satélite situado en la parte más septentrional de la Vía Láctea -Zebedeo punto com- que le pagaban sus servicios con denarios acuñados por Herodes Agripa y que en el latín vulgar en que redactaban los mensajes se colaban con frecuencia palabras en galego o en hebreo. Corvus se dió cuenta de que no podía perder un sólo instante. Pidió un doble de Pho, se lo zampó casi de un trago y desapareció sin despedirse ni pagar la consumición. Durante siete días con sus noches voló sin concederse paradas ni descanso hasta que en la lejanía divisó las torres de la catedral de Chartres. Se santiguó, levantó con orgullo la cabeza y gritó: ¡Ultreya!. A los dos días pasaba en vuelo rasante sobre la cumbre del Pedroso. En ese momento en el móvil apareció un segundo mensaje. Decía simplemente: Xarrete. Paz sin sangre. Y concluía con una conocido aforismo hipocrático: contraria contraris curantur. El mensaje Corvus no fue capaz de descifrarlo. Pero sabía a quien debía recurrir. Sin dudarlo puso rumbo hacia aquel punto de la gran plaza en que el Camino remata su curso y su aventura. Por las torres del Obradoiro las últimas luces de la tarde huían hacia lo alto perseguidas por las primeras sombras de la noche. El Cuervo les dedicó los endecasílabos de siempre -«También la piedra si hay estrellas vuela», «Creced mellizos lirios de osadía»- pero a pesar de su creciente debilidad por las metáforas no se demoró. Divisó un ventanal con los cristales rotos, tomó impulso, apretó las alas contra el cuerpo y se coló en la Catedral. Estaba en el Pórtico. Hizo una breve reverencia al Pantocrátor y se fue directamente a ver al Santo de los Croques. Corvus sabía con certeza que Magister Matheus descifraría el mensaje con sólo leerlo. Pero el maestro estaba ocupado y le hizo esperar. Llevaba varias horas discutiendo con su colega, amigo y ahora vecino D. Isaac. Porque debido a sus méritos como creador de formas y al carácter bíblico de su nombre al Señor do Castro y de Sargadelos le había sido concedido el privilegio especialísimo de incorporarse en vida a las efigies del Pórtico. Mateo lo había esculpido en el más duro granito de Porriño y lo había colocado en el grupo de los Patriarcas justamente a la derecha de Abraham. Ahora estaba intentando convencerlo de la conveniencia de que matizase su teima obsesiva contra las multinacionales. Después de todo -decía el maestro a Isaac- esta casa en la que habitamos ha sido construida y financiada por la primera y más importante multinacional que ha existido en la historia del mundo. Además -añadió para mostrar su nivel de aggiornamento- desde que Citroën se instaló en Vigo el discurso sobre la colonización interior y la expoliación de las plusvalías por las multinacionales está perdiendo credibilidad entre nosotros... A Corvus el cuerpo le pedía con fuerza entrar en la polémica. Pero él estaba allí para lo que estaba. Metió el freno y se aguantó. Aprovechando una pausa entregó al Maestro Mateo el mensaje. Después de leerlo éste comentó: Todo el mundo sabe que el paradigma universal del xarrete está representado por el que preparaba en el Vilas doña Josefina. También está claro que hacer la paz sin sangre es pactar. El mensaje se refiere a un pacto que se ha realizado en el Vilas. Más difícil me resulta interpretar el aforismo. Se refiere a que para curar algunos males debe de aplicarse su contrario. Por ejemplo: en el estreñimiento debe administrarse un agente que habitualmente produzca diarrea. Pero si quieres conocer interioridades llama a Roberto o a Carlos Luis. A mi hace ya tiempo que no me interesan esas cuestiones. El Patrón lo recibió con cortesía pero le pidió que fuese breve. Corvus fue directamente al grano. Le preguntó al Patrón cómo era posible un Pacto entre los que se reconocían como contrarios. El Patrón separó levemente la silla de la mesa y le dijo: mire usted, querido Cuervo, el gran error de la humanidad consiste en creer que todos los grandes problemas tienen siempre una única respuesta verdadera. Y lo que es todavía más grave: creer que esa respuesta vale para todos los seres humanos en cualquier tiempo y lugar. Esa es la gran limitación de la filosofía de las Luces y de la Ilustración. Los años y la experiencia me dicen que las grandes decisiones políticas nacen de la voluntad, del instinto y de la emoción tanto o más que de la razón. (Corvus no pudo evitar asociar la perorata a lo que tantas veces había oído durante su estancia en el All Souls College precisamente en los años en los que Isaiah Berlin era su principal animador). Hoy es el Día de Galicia, continuó diciendo el Patrón y deberíamos poder celebrarlo todos juntos. Hay muchos modos y todos ellos legítimos de identificarse con la lengua, con la cultura, con los sentimientos y con el destino común de Galicia. Si al hecho de aceptar esa diversidad y de intentar hacerla funcionar usted le llama pacto eso es cosa suya y no mía. El recuerdo de Isaiah Berlin y un interesado deseo de halagar el ego del Patrón le hizo decir al Cuervo: Ante el auge de la derecha neoliberal en todo el mundo ¿se siente usted como un precursor, como alguien que descubrió el filón antes que los demás?. Ganadores y perdedores El Patrón se pasó las manos por la cara y le contestó: el mercado ciertamente genera riqueza pero no crea barrios seguros, ni hace que las calles estén limpias ni garantiza para todos equidad en la justicia, la salud o la educación. Divide al mundo en ganadores y perdedores. En último término el neoliberalismo es la concepción del mundo de los ganadores. Pero para que exista un mínimo de solidaridad y de paz social es necesario que la mayoría de la población comparta experiencias comunes de bienestar público. No debe olvidarse que los dos grandes inventos de Occidente son el Mercado y el Estado. Corvus se quedó sorprendido. Sus amigos le habían descrito al Patrón «como una señora Tatcher sin bolso» y ahora se le rompían los esquemas. Sacando fuerzas de flaqueza se atrevió a preguntarle: ¿Usted cree que el uso de la mentira es un arma necesaria para sobrevivir en la política?. El Patrón hizo ademán de levantarse y de dar por zanjada la entrevista. Pero lo pensó mejor y dijo al Cuervo: Esa pregunta es impropia de su pretendida sagacidad dialéctica. Porque si ahora yo le contesto que no es necesaria podría estarle mintiendo y entonces la respuesta sería sí. Lo veo bajo de forma: debería volver unos meses al Seminario (en su juventud Corvus había estudiado tres años en el Seminario que los jesuitas dirigían en Cracovia). Corvus acusó el golpe. Se dió cuenta de que estaba perdiendo por goleada y no se atrevió a continuar la conversación. Nuevo contrato El Patrón prescindió del Cuervo y se puso a leer unos papeles que tenia sobre la mesa. Al cabo de bastante tiempo le dijo al Cuervo: ¿sabe usted lo que es esto? Es el nuevo contrato social que me mandan desde Bruselas. Es el contrato social propio del ciudadano consumidor. Más o menos dice lo siguiente: usted viva y trabaje tranquilo. No se meta en política. Nosotros nos ocuparemos de irle subiendo cada año el nivel de vida, de construirle paseos marítimos, auditorios y casas de la cultura donde organizar macroconciertos. Cuando se terminen las autopistas traeremos el tren de alta velocidad. Mantendremos al Superdepor en la Champions League y al Celta en la UEFA, o viceversa, claro está. A cambio de todo esto usted sólo necesita introducir una pequeña papeleta en una urna cada cuatro años. Yo no estoy de acuerdo con este contrato pero no me negará que la oferta es ventajosa. El Cuervo permaneció unos instantes callado y pensativo. Después preguntó: ¿y en ese contrato también se dice que yo todos los días después de comer debo seguir viendo el programa de Ana Kiro?. Tanto mis doctores amigos como mi propia experiencia -contestó el Patrón- me dicen que lo más saludable que uno puede hacer después de comer es echarse una buena siesta. Así que ya lo sabe: siga ese consejo. El Cuervo dió las gracias, desconectó la grabadora y voló raudo hacia Sabón. Quería que la entrevista pudiese salir en el número extraordinario de la Voz de Galicia que, querido lector, ahora estás leyendo.