Gallegos: bien escaso

BIEITO RUBIDO

OPINIÓN

24 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

GALICIA va camino, si nadie lo remedia, de convertirse en un desierto verde. Algo que parece contradictorio, pero que la terca realidad nos lo pone todos los días ante nuestros ojos. Una tierra llena de potencialidades se encuentra al borde de un abismo como consecuencia de una de las más bajas tasas de natalidad de toda Europa. De seguir así, los gallegos nos vamos a convertir en un bien escaso: pocos, pero buenos. Pero cada vez menos. ¿Debemos preocuparnos? ¿Qué le va a ocurrir a Galicia en los próximos años? ¿Qué herencia le dejamos a las generaciones venideras? Los hombres tendemos a creer que la etapa que nos ha tocado vivir es la más trascendente de la historia. Nos equivocamos. Los hombres del medievo, los renacentistas, los revolucionarios del XVIII o los anarquistas de principios del XX también creyeron protagonizar el momento estelar del discurrir de la humanidad. Sin embargo, un estadio ha ido superando al otro, y la velocidad de los cambios nos han demostrado, paradojicamente, que nada nuevo hay bajo el Sol desde que el hombre es hombre. Incluso la preocupación por la perpetuación de la especie es asunto viejo. No por ello debemos de dejar de preguntarnos, ocuparnos y preocuparnos acerca de la falta de coraje y la incapacidad de asunción de riesgos que la sociedad actual tiene en un asunto tan trascendente como es el de la natalidad, que en el caso de Galicia es absolutamente trascendental. Desde hace años las autoridades y las distintas administraciones tienen diagnosticado el problema, pero nada más. En ocasiones me asombra esa capacidad que tienen algunas personas para presentar ante los demás las dificultades, pero nunca las solucciones. Incluso convierten esa preocupación en un revistimiento de gran responsabilidad, como si ellos estuviesen más concienciados que los demás. Las soluciones, sin embargo, no aparecen por ningún lado. Las políticas natalistas de la Xunta han sido hasta ahora muy tímidas, poco ambiciosas, por no decir otra cosa. Los socialistas ni se inquietaron mientras gobernaron en Madrid, mientras todos los países desarrollados iniciaban acciones orientadas a favorecer más nacimientos. Llegamos, por tanto, muy tarde, y además mal, a la posible solucción. Claro que en este asunto, como en otros muchos, las dudas son más que las certezas. Y no sé hasta qué punto unos euros arriba o abajo son decisivos para animar a una pareja joven a tener más hijos. Me da la impresión de que el nudo gordiano puede estar en los valores y en la educación excesivamente materialista y prosaica que hemos recibido y seguimos transmitiendo a nuestros hijos. Nuestros padres se casaron, en la inmensa mayoría de los casos, sin trabajo y sin piso. La aventura de la vida iba más lejos que el estrecho territorio del piso de alquiler. La vida era, y es, mucho más. Gracias a ese coraje y a la fe en un futuro mejor, nacimos muchos de nosotros. La sociedad, sin embargo, se ha tornado egoísta. Las parejas no se casan si no tienen trabajo o piso, y no procrean hasta que no vislumbran el plan de pensiones. Con esa mezquindad, la sociedad se torna vieja, avariciosa, pobre. Una sociedad egoísta es una sociedad que no progresa. Todos tenemos una pequeña cuota de responsabilidad acerca de la Galicia que vamos a dejar. Parece que los gallegos de los próximos años van a ser un poco más altos, más gordos y van a tener algún hijo más, pero vamos a seguir siendo un bien escaso. Dentro de un cuarto de siglo esta tierra nuestra debería estar en las cotas de desarrollo de la mejor Europa. Sin gallegos lo tenemos muy difícil. En un día como el de hoy, en una jornada de reinvindicación de Galicia y su acusada personalidad, merece cuando menos, una seria reflexión el problema de la natalidad y una pregunta ¿Qué hemos hecho mal?