CON SÁBATO EN BUENOS AIRES

CÉSAR ANTONIO MOLINA

OPINIÓN

23 jul 2002 . Actualizado a las 07:00 h.

Llego a Buenos Aires la «capital de un imperio que nunca existió», según dijo con acierto André Malraux, y me acerco hasta Santos Lugares para celebrar con Ernesto Sábato su noventa y un cumpleaños. Este barrio se encuentra a las afueras de la ciudad. La casa está rodeada de árboles. El jardín, que da paso a un estrecho pasillo hacia la puerta principal, es una pequeña selva de entre la que sobresalen algunos preciosos magnolios. Los allegados conocen el disgusto que le provoca la intervención humana en la naturaleza, por eso nadie se atreve a ejercer de jardinero. La antesala da paso a un salón rodeado de estanterías con libros. Ya anocheció y la estancia está medio en penumbra, pues la luz fuerte le molesta al maestro. Al verme se dirige a mí dándome un abrazo que casi me estruja. «Estoy aún más fuerte que en Madrid», me dice. Y yo lo confirmo bromeando sobre su juventud y mi vejez. A Sábato lo conozco desde hace dos décadas. Su presencia, en principio, seria y adusta, impone respeto e incluso distancia; pero a medida que uno va hablando con él, se da cuenta de su extrema cercanía. A Sábato se le ven inmediatamente las heridas propias y las del mundo. Sangra por ellas. La injusticia que hoy más le preocupa es la de los niños abandonados. Por eso ha creado una fundación no, como tantos otros escritores, a mayor gloria de su ego, sino en favor de estos marginados. Alrededor de 1946 vino a vivir aquí con Matilde. Excepto Uno y el Universo , escrito en las sierras de Córdoba a donde huyó de la civilización materialista que tanto detesta, el resto de sus obras las redactó aquí. Mientras Ernesto va recibiendo a otros amigos, Elvira González Fraga, la mujer que lleva a su lado muchos años y es su báculo generoso, discreto e imprescindible, me enseña la casa. Tras la muerte de su esposa, se trasladó a un lecho que está a mitad de camino entre el despacho y el taller de pintura. Es una habitación estrecha pero alargada, dividida imaginariamente en tres dependencias: la que da al mismo patio del salón es el despacho. Sobre una mesa está la máquina de escribir, fotos familiares y otros utensilios de oficina. Hay varios archivadores que contienen los manuscritos. A continuación, sin puerta o barrera alguna que lo impida, está la celda. Se compone únicamente de un camastro. Finalmente se encuentra el taller de pintura. Es el cul de sac de este callejón. La luz natural entra por unos tragaluces. Los cuadros se acumulan sobre peines. Sábato pertenece a esa gran estirpe de escritores pintores: Goethe, Víctor Hugo, Michaux o Grass. Sus raíces están en las pinturas negras de Goya, en Munch, Van Gogh o Gauguin; absorbió el primitivismo, lo mitológico y simbólico, el romanticismo, el expresionismo y el surrealismo, dándole vida propia. Alzo en mis manos los retratos de Poe, Sartre, Virginia Woolf, Dostoievski; los varios -y a cada cual más impresionante- de Kafka. Qué rostros descompuestos, qué miradas desorbitadas al contemplar algo indecible. Los magníficos autorretratos comparten esta misma experiencia. Las frutas de sus bodegones: peras y plátanos, fundamentalmente, acompañados de tazas, jarras y jarrones desflorados, parecen los alimentos petrificados de los hipogeos. Indican que no hay más allá, pues no fueron consumidos. Colores rojos, negros, blancos y verdes de los recipientes se mezclan con la informidad física y descolorida de los frutos. Las naturalezas muertas son búcaros que contienen flores marchitas. En los paisajes con espectros está el mundo más atormentado del autor de Abaddón el exterminador . Imágenes del inconsciente, del horror acumulado por los siglos y la historia, las pesadillas y las verdades profundas de los sueños, las alucinaciones, lo fantasmal y trágico, el sonambulismo. Estos seres informes iluminados por los fuegos fatuos, pudieran ser las formas que toma el alma condenada a vagar por en medio de un paisaje dantesco. Al regresar al salón le comento al maestro mi renovada satisfacción por sus pinturas. Subrayo la dificultad de ejecutar los retratos y, sobre todo, los autorretratos. «Nunca nos vemos como somos, sólo los demás son conocedores de nuestro verdadero rostro que refleja las inquietudes y los demonios interiores. Aunque todos los retratos son la imagen de un futuro muerto, yo pinto rostros de resucitados que no sé si muestran el horror por lo que vieron en el más allá o, simplemente, por regresar a la vida». Conocedores de que a Sábato le gustan los tangos, una cantante dice: «¿Qué pasa en este país? ¿Qué pasa mi Dios,/que nos vinimos tan abajo?/¿Qué pasa?/¿Qué signo infernal/lo arrastra al dolor?...». Sábato asiente impotente. Se levanta. Empieza a despedirse. Necesita de nuevo estar a solas en su catedral del silencio, en su celda. Salimos de nuevo al jardín. Todo eran sombras. La casa brillaba como una luciérnaga. Salimos de nuevo a las calles desiertas. Qué cuadriculación, qué vacío, qué náusea, qué agujero negro en la conciencia y el espíritu. Salimos a la calle. Qué soledad. Qué peligro. Pero los poetas y los ladrones no tenemos miedo.